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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 44

Regina no mencionó el proyecto de Victoria durante el desayuno.

Habría sido demasiado directo.

Esperó hasta la comida social de la fundación Montenegro, rodeada de señoras influyentes, esposas de socios, empresarias invitadas y nombres ligados a donativos importantes. Una reunión donde nadie levantaba la voz, pero todos sabían herir con una frase precisa.

Victoria asistió porque Clara le avisó que Regina había pedido su presencia. No quería ir; tenía trabajo pendiente, una llamada con Daniel y notas por revisar. Aun así, negarse solo habría provocado más comentarios.

Se vistió con sobriedad y bajó al salón sin buscar aprobación.

Adrián llegó poco después. No esperaba verla allí, de pie junto a la mesa de aperitivos, hablando con Camila Duarte sobre el proyecto de mobiliario. Victoria no sonreía demasiado, pero se veía tranquila y segura.

Adrián se detuvo.

Desde que encontró las carpetas en la biblioteca, ya no podía verla como parte del entorno. Cada gesto suyo le recordaba algo que no supo valorar.

Regina lo notó.

También notó que su hijo miró a Victoria antes que a Fernanda.

Fernanda estaba junto a Isabel, delicada, recibiendo preguntas y cariño por su recuperación. Pero algo en el salón había cambiado: algunas invitadas hablaban de Victoria, no por su matrimonio, sino por su participación en un proyecto privado que empezaba a circular en ciertos círculos.

Regina esperó el momento exacto.

—Victoria ha estado muy ocupada últimamente —comentó con una sonrisa elegante, cuando varias mujeres se acercaron a la mesa principal—. Parece que el apellido Montenegro también abre puertas en el mundo del diseño.

Victoria dejó la copa de agua sobre la mesa.

El comentario no fue brusco. Justamente por eso resultaba más peligroso.

Una de las invitadas rió con cortesía incómoda.

—Bueno, en esta ciudad los apellidos siempre ayudan.

Regina inclinó la cabeza.

—Por supuesto. No hay nada malo en aprovechar una posición. Solo espero que Victoria recuerde que las oportunidades también traen responsabilidad.

Victoria sintió el golpe, pero mantuvo el rostro sereno.

—Mi trabajo no depende del apellido Montenegro —dijo.

Regina sonrió sin perder compostura.

—Nadie dijo eso, querida. Solo digo que sería ingenuo negar que estar casada con Adrián facilita ciertos accesos.

Adrián tensó la mandíbula.

Iba a hablar, pero tardó un segundo.

Ese segundo fue suficiente.

—Disculpe —intervino Camila Duarte.

La conversación se detuvo.

Camila estaba de pie junto a Victoria, con una expresión tan serena como firme. No necesitó levantar la voz para que todos la escucharan.

—Yo contraté a Victoria por su criterio profesional, no por su matrimonio.

Regina giró hacia ella con una sonrisa medida.

—Camila, por supuesto. Nadie duda de tu buen juicio.

—Me alegra, porque sería injusto insinuar que su lugar en el proyecto se debe a Adrián. Victoria revisó problemas que mi equipo no había resuelto. Defendió decisiones técnicas con claridad y evitó errores costosos antes de la presentación. Eso no lo hace un apellido.

El silencio fue distinto.

Más incómodo.

Más revelador.

Victoria sintió algo moverse dentro de ella. No era orgullo ni alivio completo, sino una emoción difícil de sostener frente a todos. No estaba acostumbrada a que alguien la defendiera en público sin pedirle nada a cambio.

Bajó la mirada un instante.

Adrián la vio.

Y sintió vergüenza.

No solo por Regina.

Por él.

Camila, una mujer que apenas llevaba meses trabajando con Victoria, acababa de defenderla con más claridad que él durante años. Había dicho lo que él calló en cenas, hospitales, eventos y reuniones familiares.

Adrián recordó todas las veces que Victoria sonrió mientras la comparaban con Fernanda. Todas las veces que su madre la llamó prudente, sensata o útil, como si fueran elogios y no cadenas suaves.

Y todas las veces que él guardó silencio porque siempre había una razón para no defender a su esposa.

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