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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 198

Regina soñó con su esposo.

No como lo recordaba en los retratos de la mansión ni como lo mencionaban los socios que todavía pronunciaban su nombre con respeto, sino como había sido en los últimos años de vida: cansado y con esa mirada capaz de hacerla sentir que solo estaba con ella por obligación.

Estaba de pie frente a ella, en el centro del salón principal, mientras la mansión parecía vacía a su alrededor.

—Lo destruiste —dijo él.

Regina levantó el mentón.

—Yo mantuve esta familia de pie.

—No. La convertiste en una casa llena de miedo.

Ella apretó las manos.

—Hice lo necesario.

—Eso repites siempre que no quieres aceptar que fallaste como madre.

Regina quiso responder, pero la voz no le salió. Su esposo avanzó un paso y ella retrocedió, furiosa consigo misma por sentir aquella presión en el pecho.

—Adrián no necesitaba una madre que organizara su vida como una junta directiva —continuó él—. Necesitaba una mujer capaz de amarlo sin usarlo como extensión de un apellido que solo te pertenece por matrimonio.

—No hables como si no entendieras lo que estaba en juego.

—Lo entiendo mejor que tú. Por eso sé que confundiste legado con control.

Regina despertó con un sobresalto.

La habitación seguía en silencio, pero su respiración estaba alterada y la bata se le pegaba al cuerpo por el sudor frío de la pesadilla. Tardó unos segundos en reconocer las paredes, las cortinas cerradas y el peso extraño en un lado de la cama.

Entonces los vio.

Camille estaba dormida en un sillón, con las piernas recogidas y una manta mal acomodada sobre los hombros. Mathis, en cambio, se había quedado sentado en el suelo, apoyado contra la cama, con la cabeza inclinada y un papel sujeto entre los dedos.

Regina se incorporó despacio.

—¿Qué hacen aquí?

Camille abrió los ojos de inmediato, todavía confundida por el sueño.

—Usted lloraba —dijo en un español lento, pero claro—. Mathis se asustó.

El niño despertó al escuchar su nombre y apretó el dibujo contra el pecho.

Regina no recordaba haber llorado. La idea la incomodó tanto que su expresión se endureció por reflejo.

—Debieron llamar a Élise.

—Ella se durmió en nuestra habitación —respondió Camille—. No queríamos molestar.

Regina bajó la mirada hacia Mathis.

—¿Y tú por qué estás en el suelo?

El niño levantó el dibujo con timidez.

—Yo te cuidaba.

Aquellas dos palabras entraron donde Regina no esperaba sentir nada. No lo mostró. Nunca había sido una mujer fácil de conmover, y menos aún por niños que habían llegado a la mansión en medio de decisiones que Adrián no consultó con nadie. Sin embargo, al tomar el papel, algo se abrió apenas dentro de ella.

Mathis había dibujado una casa grande, con figuras tomadas de la mano frente a la entrada. Adrián aparecía alto, Victoria con cabello largo, Camille y él entre ambos. Regina estaba a un lado, rígida y con una falda exageradamente ancha, pero sonriendo.

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