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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 199

Regina esperó a que Clara llegara, pero los minutos pasaron y el silencio de la habitación pronto se convirtió en una respuesta.

La irritación se acomodó en su rostro con una serenidad peligrosa, porque no era impaciencia, sino confirmación. Una empleada inocente habría llegado nerviosa, quizá pálida o temblando, pero habría llegado; una culpable, en cambio, intentaría ganar tiempo.

Tomó el teléfono interno y marcó al área de servicio.

—¿Dónde está Clara?

La voz al otro lado titubeó.

—Señora, no la hemos visto desde hace un rato.

Regina cerró los ojos apenas.

—Búsquenla.

Colgó sin despedirse y tomó su celular para marcar otro número, uno de los que había activado esa mañana con la misma frialdad con la que otros pedían café.

—Dime que tienes algo.

La respuesta llegó sin rodeos.

—La encontramos saliendo por el acceso lateral de la mansión. Iba apresurada, señora. No llevaba uniforme completo y parecía intentar evitar las cámaras de los reporteros en la entrada principal.

Regina no se movió, pero sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del teléfono.

—¿Está sola?

—Sí.

—Tráiganla de vuelta.

—¿Por la entrada principal?

—No seas idiota. La prensa sigue afuera y Adrián no debe enterarse todavía. Métanla por la parte trasera, por el acceso de servicio que da al ala este, sin ruido ni testigos innecesarios.

—Entendido.

Regina colgó y se quedó mirando la puerta. No sintió triunfo porque sentirlo habría sido prematuro; Clara podía ser solo una pieza menor, una mujer asustada usada por alguien más, pero una pieza menor también podía señalar al jugador correcto si se le presionaba desde el ángulo adecuado y Regina sabía presionar.

Pasó casi media hora antes de escuchar pasos al otro lado del pasillo hasta que la puerta se abrió y dos hombres entraron sujetando a Clara por los brazos.

La empleada tenía el rostro desencajado. El cabello se le había soltado en algunos mechones y la respiración le salía entrecortada, como si hubiera corrido más por miedo que por distancia. Al ver a Regina sentada frente a ella, dejó de resistirse por un segundo.

—Señora…

—Siéntala.

Los hombres la obligaron a ocupar el sillón frente a Regina. Clara intentó levantarse de inmediato, pero uno de ellos puso una mano en su hombro y la empujó de nuevo hacia abajo.

—Déjenos —ordenó Regina.

Los hombres dudaron.

—Señora…

—He dicho que nos dejen.

Salieron y cerraron la puerta mientras Clara apretó las manos sobre su falda.

—Yo no hice nada.

Regina la observó sin prisa.

—Todavía no te he preguntado nada.

—Pero me mandó traer como si fuera una criminal.

—Saliste de la mansión por un acceso lateral, sin avisar, justo después de ignorar una orden directa mía; no me obligues a fingir que eso parece inocente.

Clara tragó saliva.

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