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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 200

Adrián despertó antes que Victoria y permaneció inmóvil, aferrado a la calma de tenerla a su lado. Ella dormía, con el rostro sereno y el cabello sobre la mejilla, y él la miró con una devoción que antes su orgullo jamás le habría permitido admitir.

No era la belleza impecable de las galas ni la esposa correcta que tuvo frente a él sin verla de verdad; era algo más hondo, la belleza de una mujer que había sufrido demasiado y aun así seguía allí, respirando junto a él, concediéndole un lugar que todavía no merecía.

Adrián apartó con cuidado un mechón de su rostro. Victoria se movió apenas, y él contuvo la respiración para no despertarla, pero ella abrió los ojos lentamente y, al reconocerlo, no se apartó; solo lo miró con esa calma cansada que la noche anterior había dejado entre ambos.

—Sigues aquí —murmuró.

Adrián bajó la voz.

—Me pediste que no me fuera.

Victoria parpadeó, y un rubor suave le subió al rostro al recordar la forma en que se había quedado dormida entre sus brazos.

—Pensé que quizá te irías cuando me durmiera.

—No pude.

Ella lo miró en silencio.

—¿No pudiste o no quisiste?

Adrián sostuvo su mirada.

—No quise.

La respuesta fue sencilla, pero llegó a Victoria con una fuerza inesperada. Había pasado tanto tiempo acostumbrada a no pedir nada para no incomodar, que verlo quedarse por voluntad propia le provocó una ternura difícil de ocultar.

Adrián acercó su mano a la de ella sobre la cama.

—¿Cómo te sientes?

—Cansada.

—¿Dolor?

—Un poco, pero soportable.

Él asintió, atento mientras Victoria bajó la mirada hacia sus manos unidas.

—No tienes que mirarme así.

—¿Cómo?

—Como si fuera a romperme.

Adrián tardó en responder.

—No te miro así porque crea que eres débil. Te miro así porque ya sé lo que pasa cuando no presto atención a lo que te duele.

Victoria sintió que algo se aflojaba dentro de ella.

—Adrián…

Él se inclinó despacio, dándole tiempo para apartarse, pero Victoria no lo hizo; al contrario, levantó apenas el rostro y, cuando sus labios se encontraron, el beso fue lento, cuidadoso, cargado de todo lo que no podían convertir en urgencia. Victoria cerró los ojos. No era un beso de despedida ni una reconciliación completa, sino una pregunta, una respuesta y una forma de reconocerse sin exigir más de lo que su cuerpo podía sostener.

Adrián deslizó una mano hacia su cintura, pero se detuvo antes de presionarla, y Victoria notó el esfuerzo con que contenía cada impulso, convirtiendo el deseo en paciencia.

—Puedes tocarme —susurró ella, apenada por decirlo.

Él apoyó la frente contra la suya.

—Solo si no te duele.

—No me duele.

Adrián la besó de nuevo, apenas con más profundidad, y Victoria sintió que su cuerpo despertaba con una memoria que le provocó vergüenza y alivio al mismo tiempo. Había deseo, sí, pero también una ternura distinta, una que no buscaba tomar ni demostrar nada.

Cuando Adrián bajó la mano hasta su vientre, el gesto fue tan cuidadoso que al principio ella solo sintió calidez; después, la tristeza llegó despacio y Victoria cubrió la mano de él con la suya.

—Después de lo que pasó… quizá nunca pueda darte un hijo.

Adrián levantó la mirada de inmediato mientras ella intentó sonreír, pero no pudo.

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