Victoria leyó el correo de Daniel dos veces antes de responder.
No era una simple revisión de planos ni una colaboración pequeña como al inicio. Era una invitación formal para sumarse a un proyecto más grande: una línea de mobiliario y objetos decorativos para una firma hotelera de alto nivel. El cliente buscaba piezas funcionales, elegantes y con identidad propia.
Daniel quería que ella formara parte del equipo principal.
Victoria dejó el teléfono sobre el escritorio y miró los documentos extendidos frente a ella. La propuesta era buena. La oportunidad, también. Aun así, sintió una duda conocida.
No era miedo al trabajo.
Era miedo a ser vista.
Durante años, había aprendido a moverse con discreción. En la familia Altamirano, destacar siempre había sido terreno de Fernanda. En la casa Montenegro, su papel consistía en resolver sin llamar demasiado la atención. Ser útil, correcta, disponible.
Aceptar ese proyecto implicaba entrar en reuniones importantes, tratar con clientes, defender ideas y permitir que su nombre empezara a circular en un mundo cercano al de Adrián.
Eso podía traer críticas.
También podía traer libertad.
Su teléfono sonó.
—Hola, Daniel —contestó.
—¿Leíste el correo?
—Sí.
—Y por tu tono, ya estás pensando en decir que no.
Victoria soltó una respiración breve.
—No dije eso.
—Pero lo estás considerando.
Ella miró la carpeta del proyecto.
—Es una oportunidad grande.
—Lo es.
—No sé si soy la persona indicada.
Daniel guardó silencio unos segundos antes de responder.
—Victoria, no te invité por cortesía. El cliente quedó interesado en tu forma de resolver. Tu trabajo abrió esta puerta.
Ella bajó la mirada.
—Hay diseñadores con más experiencia.
—También hay diseñadores que no entienden la mezcla entre estética y función como tú la entiendes.
Victoria no respondió.
—No tienes que aceptar ahora —añadió Daniel—. Pero no rechaces algo que ganaste solo porque otros te hicieron creer que debías mantenerte en segundo plano.
La frase la dejó quieta.
Daniel no estaba coqueteando. No intentaba rescatarla. Solo estaba hablándole como a una profesional.
Y eso, para Victoria, todavía era una experiencia nueva.
—Lo pensaré hoy —dijo.
—Está bien. Te mando más información para que la revises.
—Gracias.
Colgó y se quedó mirando el correo.
Por la tarde, Adrián la encontró en el estudio con la propuesta abierta en la computadora.
Él había llegado antes de lo habitual, pero no la saludó desde la puerta como otros días. Entró y miró la pantalla con el ceño apenas tenso.
—¿Eso es del trabajo?
Victoria guardó un archivo.
—Sí.
—Clara dijo que Daniel Reyes llamó.
Ella levantó la vista.
—Me ofreció participar en un proyecto.
—¿Qué tipo de proyecto?
—Una línea de mobiliario para una firma hotelera.
Adrián no pareció impresionado. Más bien, su expresión se volvió cuidadosa.
—¿Y vas a aceptar?
—Estoy considerándolo.
Él caminó hacia el escritorio.
—Victoria, no creo que sea buen momento.
Ella sostuvo su mirada.
—¿Para qué?
—Para distraerte con algo así.
La palabra le pesó más de lo que esperaba.
—No es una distracción.
—Fernanda está en recuperación. Mi madre está organizando terapias, visitas, ajustes en la casa. Tu familia también está involucrada. Todos estamos intentando mantener cierta estabilidad.
—Todos están alrededor de Fernanda —dijo Victoria.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De esposa sustituta a la obsesión del CEO
Porque sale que son gratis y los cobran de todas maneras...
Si cobran por las novelas, aunque el precio sea menor que las otras apps, mínimo deberían estar los diálogos completos, se salta partes importantes de la conversación en todos los capítulos, deberían revisar eso....