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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 210

Adrián había perdido la paciencia. Al principio intentó convencerse de que Victoria estaba ocupada con Laura, que quizá la reunión se había extendido o que simplemente tenía el teléfono en silencio; pero después llamó una vez más y escuchó el buzón, luego otra, y otra, hasta que cada intento lo empujó más lejos de la calma que había querido construir esa noche.

Daniel apareció en su mente con una facilidad que lo enfureció, no solo por imaginarlo cerca de Victoria, sino porque ese hombre se había acercado a ella a través de una deuda que Adrián no podía cuestionar sin parecer ingrato ante la mujer que amaba.

—Señor —dijo uno de los guardias al entrar con cautela—, revisamos con el chofer asignado, pero no tenemos ubicación activa. La señal del vehículo se pierde, hay problemas con la red en todo el estado.

Adrián giró hacia él.

—¿Cómo puede ser eso posible?

— Estamos intentando recuperar el rastreo.

—Hazlo.

El hombre asintió y salió de inmediato.

Adrián caminó de un lado a otro, con el teléfono apretado en la mano. Si Victoria estaba con Daniel, si había corrido a su lado, si había decidido no contestarle porque aquel hombre la necesitaba, entonces algo dentro de él no sabía qué hacer con esa posibilidad. La furia lo estaba cegando, pero debajo de ella había algo más miserable: miedo.

Miedo de que Victoria eligiera la gratitud antes que el amor, de que Daniel hubiera conseguido atarla a una deuda que él no podía romper. Tal y como él lo vivió con Fernanda.

Adrián maldijo entre dientes y estuvo a punto de arrojar el teléfono contra la pared, pero se contuvo al escuchar la puerta principal.

Los pasos llegaron despacio, no con la seguridad de quien vuelve después de una decisión cómoda, sino con el cansancio de alguien que apenas se sostiene. Adrián se volvió hacia la entrada del salón, preparado para exigir respuestas, preparado para preguntarle si habia preferido estar con Daniel, si había visto sus llamadas, si entendía lo que le había hecho pasar.

Pero entonces ella apareció, pálida, con el bolso sostenido contra el cuerpo y los ojos llenos de agotamiento, con una tristeza capaz de desarmar cualquier acusación antes de que naciera.

—Discúlpame por haber tardado.

La frase fue baja, sencilla, casi temblorosa, y toda la furia de Adrián se derrumbó.

No porque la espera dejara de dolerle ni porque sus celos desaparecieran por completo, sino porque la voz de Victoria le recordó de golpe lo único que importaba: ella estaba allí. Había vuelto. Y no entraba al salón como alguien que venía a justificar una traición, sino como una mujer agotada que necesitaba ser recibida antes que juzgada.

Adrián dio un paso hacia ella.

—Victoria.

Ella intentó sonreír, pero el gesto no terminó de formarse.

—Mi teléfono perdió señal. No vi tus llamadas.

La explicación apenas llegó a sus oídos. Adrián ya estaba frente a ella, mirándola con una atención que dejó atrás la rabia.

—Estás muy pálida.

—No te preocupes solo estoy cansada.

—Eso no responde si estás bien.

Victoria bajó la mirada, y ese gesto bastó para que algo se tensara en él de otra manera, menos violenta y mucho más profunda.

—Adrián, necesito hablar contigo.

Él extendió la mano, pero se detuvo antes de tocarla, como si todavía temiera invadir un espacio que ella no quisiera darle. Victoria vio el gesto y, sin decir nada, apoyó los dedos sobre su muñeca.

Fue apenas un contacto mínimo, su piel contra la de él, y aun así bastó.

Porque Adrián sintió que la bestia que llevaba golpeando dentro del pecho desde hacía horas se quedaba quieta. Una sola palabra suya había comenzado a deshacer la cólera, pero ese contacto terminó de domarlo. Victoria lo había tocado no para detenerlo, no para calmar un escándalo, sino porque confiaba en él lo suficiente para buscar apoyo en medio del cansancio.

Aquello lo venció.

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