Adrián no respondió de inmediato. Ernesto permanecía frente a él con una firmeza que rara vez había mostrado en asuntos relacionados con sus hijas. Isabel sostenía el bolso contra el cuerpo, pero no parecía estar buscando autorización. Habían llegado con una decisión tomada y, por una vez, no esperaban que alguien más cargara con las consecuencias.
—No conocen los riesgos —dijo Adrián.
—Es nuestra hija —respondió Ernesto.
—Precisamente por eso pueden actuar sin pensar.
—¿Como tú pensabas hacerlo? —preguntó Victoria.
Adrián la miró, pero ella no retiró la observación. Ernesto aprovechó el silencio. Si su yerno pretendía impedirles el viaje por miedo a que sus emociones interfirieran, tendría que reconocer que él estuvo dispuesto a actuar impulsado por la misma culpa.
—Durante años permití que otros resolvieran los problemas de mi familia. Dejé que los acuerdos, las empresas y el apellido decidieran incluso con quién debían casarse mis hijas. Esta vez voy a hacer lo que me corresponde.
Isabel asintió. Había pasado demasiado tiempo buscando maneras de proteger a Fernanda sin preguntarse quién protegía a Victoria cada vez que las necesidades de su hermana ocupaban toda la atención.
—Fernanda puede estar herida. Necesita atención médica.
—También puede estar colaborando con Marcos —señaló Victoria.
Su madre la observó.
—Lo sabemos.
—¿De verdad? Porque durante años cualquier cosa que hizo tuvo una explicación.
Isabel recibió el comentario sin defenderse. Victoria esperaba una justificación, alguna referencia al accidente o a los años en coma, pero su madre no recurrió a ninguna.
—La protegí tanto que terminé enseñándole que siempre podía presentarse como la persona lastimada. Incluso cuando eras tú quien estaba sufriendo.
Victoria apretó los labios. No esperaba escuchar aquello frente a Adrián y parte del personal. Tampoco sabía si sentirse aliviada porque Isabel finalmente lo reconociera o molesta porque hubiera tardado tanto en comprender algo que para ella siempre resultó evidente.
—Encontrarla no significa justificarla —continuó Isabel—. Si participó en algo, tendrá que responder. Pero no puedo quedarme aquí sabiendo que posiblemente la forzaron a perder un órgano y puede estar en manos de quienes lo hicieron.
Adrián se acercó a la mesa. Seguía sin confiar plenamente en la propuesta, pero la determinación de los Altamirano le impedía descartarla como un impulso pasajero.
—La pista de Italia podría ser una trampa. Si viajan, lo harán con mi equipo y obedecerán todas sus indicaciones.
Ernesto sostuvo su mirada.
—De acuerdo.
—No entrarán en ninguna propiedad ni intentarán acercarse a Marcos sin apoyo.
—No somos niños.
—Entonces entiendan que un error puede costarles más que un viaje perdido.
Isabel miró a Victoria.
—¿Tú qué piensas?
La pregunta la sorprendió. Sus padres solían comunicarle decisiones ya tomadas. Que su madre solicitara su opinión no reparaba el pasado, pero al menos demostraba que empezaba a reconocer su derecho a participar.
—Pienso que Daniel quiere alejar a Adrián. Tal vez espera que yo quede sola o que la evaluación de los niños fracase.
—Entonces Adrián debe quedarse —dijo Ernesto—. Nosotros iremos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De esposa sustituta a la obsesión del CEO
Porque sale que son gratis y los cobran de todas maneras...
Si cobran por las novelas, aunque el precio sea menor que las otras apps, mínimo deberían estar los diálogos completos, se salta partes importantes de la conversación en todos los capítulos, deberían revisar eso....