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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 228

Isabel y Ernesto llegaron a Roma después de un viaje silencioso. Los dos investigadores que los acompañaban repasaron las instrucciones antes de abandonar el aeropuerto. No debían separarse del equipo ni comunicarse con nadie fuera del grupo.

En la camioneta, Adrián apareció mediante una videollamada.

—El personal local ya revisó el exterior de la propiedad —informó—. La reservación continúa activa, pero nadie ha respondido desde anoche.

—¿Eso significa que se marcharon? —preguntó Isabel.

—Todavía no lo sabemos.

Victoria se encontraba junto a él. La fotografía del aeropuerto estaba abierta en otra pantalla.

—Mamá, mira otra vez a la mujer.

Isabel amplió la imagen. La figura permanecía de espaldas, con gafas y el cabello cubriendo parte del rostro.

—Se parece a Fernanda.

—¿Solo se parece?

Isabel tardó en contestar.

—Hay algo extraño en la postura, pero puede ser porque no es ella realmente.

Uno de los investigadores explicó que llegarían primero a una calle cercana. El equipo italiano entraría a la propiedad mientras ellos esperaban.

Cuando el vehículo se detuvo, Ernesto se inclinó hacia la ventana. La casa era discreta, rodeada por una reja baja y árboles que impedían observar el interior desde ciertos ángulos.

Pasaron veinte minutos antes de que el investigador recibiera una llamada.

—La propiedad está vacía. Los ocupantes salieron esta mañana.

Isabel abrió la puerta.

—Necesito entrar.

—Señora, debe esperar.

—Quiero hablar con la persona encargada.

Después de confirmar que no existía un riesgo inmediato, permitieron que ambos se acercaran. Una mujer responsable de la limpieza esperaba junto a la entrada. Aseguró que Marcos había permanecido allí varios días con una acompañante que casi no hablaba.

—¿La vio bien? —preguntó Isabel.

—Siempre usaba gafas.

—¿Parecía enferma?

La mujer negó.

—Salía por las mañanas. Caminaba mucho con el señor.

Ernesto intercambió una mirada con su esposa.

—¿Necesitaba ayuda para subir escaleras?

—No.

—¿Alguna vez llegó un médico?

—No que yo viera.

Victoria escuchaba mediante el teléfono.

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