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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 6

Victoria regresó sola a la casa Montenegro.

El chofer le abrió la puerta, pero ella apenas lo miró al bajar. Agradeció en voz baja y entró sin esperar a que nadie la acompañara. La casa estaba igual que siempre: limpia, ordenada, demasiado grande para una mujer que ya no sabía qué lugar ocupaba dentro de ella.

Antes, ese mismo recibidor le había parecido imponente. Luego intentó verlo como hogar. Esa tarde, solo le pareció una casa ajena donde había vivido demasiado tiempo intentando merecer quedarse.

No llamó a Adrián.

No le escribió.

No preguntó si Fernanda seguía estable, ni si el doctor había dicho algo más, ni si él pensaba volver a cenar. Guardó el teléfono en su bolso y subió las escaleras con calma.

En la habitación matrimonial, dejó la carpeta médica sobre el tocador. La cita que había cambiado seguía anotada en la hoja superior. La miró unos segundos y después la volteó boca abajo.

Se quitó el vestido que había elegido esa mañana pensando en él.

No era un vestido especial, pero se lo había puesto con una ilusión discreta. Había querido verse bien para la cita, para caminar junto a Adrián, para sentir durante una hora que no estaba sola dentro de ese matrimonio.

Lo dobló y lo dejó sobre una silla.

Después abrió el bolso y sacó el anillo.

Lo sostuvo en la palma sin emoción visible. Durante años lo había llevado como una prueba de que su lugar existía. Esa tarde ya no pudo seguir creyendo lo mismo.

Abrió el cajón de la mesa de noche y lo guardó al fondo.

No lo hizo con rabia. Tampoco con intención de que Adrián lo encontrara. Lo hizo porque necesitaba quitarse de encima la obligación de fingir que todo seguía igual.

Cerró el cajón.

Luego miró la cama, las dos mesitas, el armario compartido, los detalles elegidos por decoradores y aprobados por una familia que siempre cuidaba las apariencias. Todo estaba en orden. Nada hablaba de amor.

Victoria pensó que esa habitación había sido un escenario.

Allí había aprendido a dormir sin esperar demasiado. A no preguntar por qué Adrián llegaba tarde. A no incomodarlo con necesidades que él no sabía atender. A actuar como esposa sin sentirse elegida.

Se sentó en el borde de la cama y permaneció así unos minutos.

No lloró.

Ya no sabía si era fuerza o cansancio.

Cuando escuchó el auto de Adrián horas más tarde, no bajó de inmediato. Se quedó donde estaba, con el cabello suelto y una bata sencilla. Esperó a oír la puerta principal, los pasos en la sala y luego su voz hablando con alguien por teléfono.

Parecía cansado, pero también distinto.

Había una energía en su tono que Victoria reconoció de inmediato. No era alegría abierta, pero sí esperanza. La clase de esperanza que Fernanda despertaba en él incluso desde una cama de hospital.

Adrián subió después de un rato.

Entró a la habitación y la encontró sentada junto a la ventana, con una libreta cerrada sobre las piernas.

—Llegué hace unos minutos —dijo él.

Victoria giró apenas el rostro.

—Te escuché.

Adrián se quitó la chaqueta y la dejó sobre el respaldo de una silla.

—El doctor cree que la reacción de Fernanda fue positiva. Todavía no significa que vaya a despertar de inmediato, pero es una buena señal.

Victoria asintió.

—Me alegra.

Adrián la miró como si intentara comprobar si hablaba en serio.

—Sé que hoy debía acompañarte.

—Lo sé.

—No podía ignorar esa llamada.

—Lo entiendo.

La tranquilidad de Victoria lo tomó fuera de lugar. Adrián había esperado una queja, tal vez una pregunta, quizá un reclamo contenido. Se había preparado para explicar que lo de Fernanda era importante y que cualquier persona razonable lo habría entendido.

Pero Victoria no discutió.

Eso lo incomodó más.

—Puedo acompañarte otro día —dijo.

—Ya cambié la cita.

—¿Para cuándo?

—La próxima semana.

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