Victoria encontró la caja de sus recuerdos y cartas mientras buscaba unos documentos.
No la estaba buscando. Desde que se mudó a la habitación de invitados había intentado no verla. Estaba en la parte baja del armario, detrás de una maleta y varias bolsas con ropa de temporada. Era beige, con una cinta de tela atada alrededor, como si todavía quisiera parecer algo bonito.
Se quedó inmóvil unos segundos.
Luego se agachó y la sacó.
—Señora —llamó Clara desde la puerta entreabierta—. Le traje el café.
Victoria giró apenas el rostro.
—Gracias, Clara. Déjalo en la mesita.
Clara entró, dejó la taza y miró la caja con discreción.
—¿Necesita ayuda?
Victoria la apoyó sobre la cama.
—No. Esto tengo que hacerlo sola.
Clara asintió y salió.
Cuando la puerta se cerró, Victoria de pie. Afuera, la mansión seguía con su rutina. Todo continuaba como si nada cambiara.
Pero dentro de aquella habitación algo estaba a punto de terminar.
Victoria desató la cinta.
Lo primero que vio fueron cartas. Muchas. Algunas en sobres blancos, otras dobladas con cuidado. Todas eran para Adrián. Cartas de cumpleaños, de aniversarios, de noches en que él le dedicó una amabilidad mínima y ella creyó que tal vez significaba algo.
Tomó una al azar.
Adrián, hoy llegaste temprano y cenamos juntos. Sé que para ti no fue importante, pero para mí…
Victoria dejó de leer.
Recordaba esa noche. Él había cenado con ella porque una junta se canceló y Fernanda no tuvo novedades médicas. Victoria preparó té, preguntó por su día, escuchó tres respuestas breves y aun así se fue a dormir pensando que quizá estaban avanzando.
Qué poco había necesitado para ilusionarse.
Buscó otra carta. Era del segundo aniversario. La escribió antes de terminar esperando hasta casi medianoche. Adrián llegó cansado, distante, con el nombre de Fernanda atrapado entre sus pendientes.
Victoria dejó el sobre sobre la cama.
—Qué tonta fuiste —murmuró.
No lo dijo con odio. Lo dijo con tristeza.
Entonces tocaron la puerta.
—¿Sí?
Clara apareció de nuevo.
—Perdone, señora. El señor Adrián preguntó si ya había regresado.
Victoria miró la caja abierta.
—Dile que estoy ocupada.
—¿Quiere que le diga algo más?
Victoria pensó en las llamadas no respondidas, en Fernanda reteniéndolo durante horas, en él intentando acercarse demasiado tarde, y en su propia costumbre de correr cada vez que Adrián pronunciaba su nombre.
—No. Solo eso.
Clara cerró la puerta.
Victoria volvió a la caja.
Debajo de las cartas estaba el regalo que no entrego a Adrián por su último aniversario.
Porque este prefirió quedarse dormido que estar con ella.
—Ni siquiera sabes que existes —susurró.
No hablaba con él. Hablaba con la mujer que había guardado ese regalo esperando un momento que nunca llegó.
Luego abrió el armario y sacó tres vestidos.
El azul, que usó esperando que él notara su peinado.
El vino, del aniversario que terminó en silencio.
El marfil, de una comida familiar donde Regina la sentó lejos de Adrián porque Fernanda necesitaba “un entorno emocionalmente estable”.
Cada uno contaba la misma historia con distinto color: una mujer arreglándose para ser vista por un hombre que miraba hacia otra parte.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De esposa sustituta a la obsesión del CEO
Porque sale que son gratis y los cobran de todas maneras...
Si cobran por las novelas, aunque el precio sea menor que las otras apps, mínimo deberían estar los diálogos completos, se salta partes importantes de la conversación en todos los capítulos, deberían revisar eso....