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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 61

Adrián se enteró del departamento por accidente.

O, al menos, eso quiso creer.

La mañana había empezado con asuntos de la empresa y una llamada de Regina para recordarle una reunión familiar que él no confirmó. Después, su asistente dejó varios sobres personales sobre su escritorio, mezclados con documentos de la fundación Montenegro.

—Esto parece suyo, señor. Venía con correspondencia de la casa.

Adrián tomó el sobre sin atención, hasta que vio el nombre en la esquina superior.

Victoria Altamirano.

No Montenegro.

La diferencia le tensó el pecho.

El remitente era una inmobiliaria.

Permaneció con el sobre en la mano más tiempo del necesario. Sabía que no debía abrirlo. No era suyo. Victoria ya le había dejado claro que sus decisiones no tenían que pasar por él. Pero aquella correspondencia confirmaba algo que llevaba días intentando negar.

No era solo una tarjeta.

No era una idea vaga.

Victoria estaba avanzando.

Llamó a Clara desde la oficina.

—¿Llegó correspondencia para la señora Victoria?

—Sí, señor. Dejé todo en la bandeja del vestíbulo, pero tal vez un sobre se mezcló con los documentos enviados a su oficina.

Adrián miró el sobre cerrado.

—Entiendo. No le avises. Yo se lo entrego.

Colgó antes de arrepentirse.

Esa tarde volvió a la mansión más temprano. El sobre permaneció en el asiento junto a él durante todo el trayecto, intacto, pero pesando más que una confesión.

Victoria llegó casi una hora después, con una carpeta de trabajo contra el pecho y el cabello recogido. Se veía cansada, pero serena. Al encontrarlo en el vestíbulo, no pareció sorprendida.

—Adrián.

Él levantó el sobre.

—Esto llegó a mi oficina por error.

Victoria lo reconoció de inmediato.

—Gracias.

Extendió la mano. Él se lo entregó, pero no se apartó.

—Es de la inmobiliaria.

—Sí.

—Entonces ya no solo estás considerando opciones.

Victoria guardó el sobre en su carpeta.

—Estoy revisando el trámite.

La calma con que lo dijo lo alteró más que una mentira.

—¿Solicitaste rentar el departamento?

—Sí.

Adrián respiró hondo.

—¿Cuándo pensabas decírmelo?

Victoria lo miró con una serenidad que no era indiferencia. Era cansancio aprendido.

—Cuando tuviera algo claro.

—Victoria, esto es claro. Estás preparando mudarte.

—Estoy preparando mi vida.

La frase le atravesó el orgullo.

—Sin hablar conmigo.

—He hablado contigo muchas veces, Adrián. Con mi silencio. Con mis ausencias. Durmiendo cada noche en una habitación de invitados. Tú empezaste a escucharlo tarde.

Él cerró los dedos junto al cuerpo.

—Lo estás haciendo como si no importara lo que yo piense.

Victoria soltó una respiración baja.

—Durante años importó demasiado lo que todos pensaban: tu madre, mi familia, Fernanda, los socios, los médicos, la fundación. Esta vez necesito que también importe lo que yo necesito.

Adrián miró hacia la escalera. La casa parecía demasiado grande alrededor de ellos.

—Nadie ha hablado de divorcio formalmente.

Victoria sostuvo su mirada.

—Todos lo han hablado con acciones desde que Fernanda despertó.

Él se quedó callado.

—Tu madre, cuando empezó a tratarme como un estorbo elegante. Mi familia, cuando me pidió comprensión por Fernanda sin preguntarme cómo estaba yo. Tú, cada vez que corriste hacia ella y me dejaste esperando una explicación que nunca llegó.

Adrián sintió el golpe de cada frase.

—Las cosas eran más complicadas de lo que parecían.

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