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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 65

Adrián invitó a Victoria a cenar dos días después de notar que algo en ella había cambiado.

No tenía pruebas, pero la veía moverse por la mansión con una calma distinta, como si cada gesto ya no buscara pertenecer, sino despedirse. Eso lo inquietaba más que una pelea.

La encontró en el estudio pequeño, concentrada en sus planos, con muestras de material alrededor y una taza de café olvidada a un lado. Tocó la puerta.

Victoria levantó la mirada.

—¿Necesitas algo?

Adrián entró despacio.

—Quería saber si tienes planes esta noche.

Ella dejó la pluma sobre la mesa.

—Trabajo pendiente. ¿Por qué?

Lo más fácil habría sido retirarse y fingir que no importaba. Pero Adrián estaba cansado de llegar tarde incluso a sus propios impulsos.

—Quiero invitarte a cenar.

Victoria no respondió de inmediato.

La sorpresa que le cruzó el rostro lo incomodó. No era alegría. Era la reacción de alguien a quien le ofrecían algo que ya había dejado de esperar.

—¿A cenar? —repitió.

—Sí. Solo tú y yo.

Ella miró los planos antes de volver a él.

—¿Hay algún asunto familiar que tratar?

—No.

—¿Algo sobre Fernanda?

Adrián tensó la mandíbula.

—No.

Victoria asintió con calma.

—Entonces acepto.

La facilidad con que lo hizo no lo tranquilizó. Había cortesía en su respuesta, no ilusión.

Esa noche, Adrián reservó un salón privado en un restaurante ligado a viejos acuerdos Montenegro. Apenas llegó, supo que se había equivocado. Era demasiado formal, demasiado parecido a todo lo que Victoria intentaba dejar atrás.

Ella apareció con un vestido sencillo, sin joyas llamativas. Serena. Hermosa de una forma que no pedía aprobación.

Adrián se levantó.

—Gracias por venir.

—Dijiste que querías hablar.

—No solo hablar.

Victoria tomó asiento.

—Entiendo.

Pero no parecía entenderlo. O quizá lo entendía demasiado bien.

El silencio entre ellos pesó apenas el mesero se retiró. Adrián había creído que, al tenerla enfrente, sabría cómo acercarse. Lejos de la mansión, de Fernanda y de los reproches familiares, descubrió algo incómodo.

Conocía muy poco del mundo actual de Victoria.

—¿Cómo va la campaña? —preguntó al fin.

—Bien.

—¿Solo bien?

Ella lo miró.

—Va avanzando. Camila quiere ajustar la presentación para clientes privados, Daniel revisa el calendario y Laura propuso una línea visual más sobria.

—¿Y tú estás de acuerdo?

—Con algunas cosas. Con otras no. Mañana lo discutiremos.

—Siempre fuiste buena para defender tus ideas.

Victoria dejó el menú sobre la mesa.

—No lo sabes.

La frase fue suave, pero exacta.

Adrián bajó la mirada.

—Tienes razón. No lo sabía como debía.

Ella no aprovechó la admisión para herirlo. Solo sostuvo su mirada un segundo y luego tomó su vaso.

—Estoy aprendiendo a hacerlo sin esperar que todos estén cómodos.

—Eso lo he notado.

—¿Te molesta?

—Me descoloca.

Victoria casi sonrió, pero la tristeza se adelantó.

—Al menos es honesto.

Pidieron la cena. Ella eligió algo ligero y después respondió un mensaje de Camila con rapidez. Adrián la observó en silencio.

Antes, Victoria habría apartado el teléfono solo porque él la había invitado a cenar. Habría querido darle toda su atención, como si eso pudiera hacerla merecedora de la suya.

Ahora no lo desatendía.

Solo había dejado de abandonarse para agradarle.

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