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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 66

Fernanda fue a buscar a Victoria a media mañana.

No avisó ni mandó a Regina como intermediaria. Llegó al estudio pequeño con una bandeja, dos tazas de té y una sonrisa suave que parecía ensayada.

Victoria revisaba unas muestras cuando escuchó los golpes.

—Adelante.

Fernanda abrió la puerta con cuidado.

—¿Interrumpo?

Victoria levantó la mirada. La presencia de su hermana en ese espacio le produjo una tensión inmediata, pero no la mostró.

—Depende de para qué vengas.

Fernanda bajó los ojos con delicadeza.

—Quería hablar contigo. A solas.

Victoria miró la bandeja.

—¿Con té incluido?

—Pensé que sería menos incómodo.

—No creo que el té pueda hacer tanto.

La sonrisa de Fernanda tembló, aunque no desapareció.

—Pasa —dijo Victoria.

Fernanda entró y dejó la bandeja sobre una mesa. Se movía con esa fragilidad que todos en la mansión protegían casi por instinto. Victoria sabía que parte de eso era real: Fernanda había despertado en una vida que ya no coincidía con sus recuerdos. Pero también sabía que su hermana había aprendido a usar esa vulnerabilidad como una llave.

—Quería agradecerte —dijo Fernanda.

Victoria no tocó la taza.

—¿Agradecerme?

—Por todo lo que hiciste mientras yo no estaba. Por la familia. Por Adrián. Por ocupar un lugar difícil.

La palabra ocupar quedó entre ellas con una intención demasiado clara.

Victoria entrelazó los dedos sobre la mesa.

—No tienes que agradecerme algo que todos convirtieron en obligación.

Fernanda bajó la mirada.

—No quise decirlo así.

—Pero así fue.

Hubo un silencio breve.

Fernanda se sentó frente a ella sin esperar invitación.

—Despertar ha sido más difícil de lo que todos creen. Abro los ojos y encuentro una casa que me reconoce, pero que ya no se siente mía. Una familia que me cuida, pero teme romperse. Y Adrián…

Victoria no se movió.

—Adrián siempre aparece en estas conversaciones.

Fernanda la miró.

—Porque él era parte de mi vida.

—Lo sé.

—No una parte cualquiera.

—También lo sé.

Fernanda pareció medirla. Tal vez esperaba dolor, defensa, una grieta. No encontró nada fácil.

—No te culpo —continuó—. Sé que tú no pediste esto. Sé que la familia te puso en una posición complicada.

Victoria inclinó apenas la cabeza.

—Qué generosa.

La dulzura de Fernanda se tensó.

—No vine a pelear.

—Entonces habla claro.

Fernanda tomó la taza, pero no bebió.

—A veces pienso que, si esto sigue así, todos vamos a terminar dañados. Tú, Adrián, yo. La familia entera. La gente ya habla, Victoria. Algunos creen que quieres quedarte con algo que nació antes de ti.

Victoria dejó escapar una respiración lenta.

—¿Eso piensan algunos o eso quieres que piense yo?

Los dedos de Fernanda se cerraron alrededor de la taza.

—No tienes que ponerte a la defensiva.

—No lo estoy.

—Solo digo que quizá sería mejor irte antes de que todos empiecen a verte como la villana.

Victoria la observó con calma.

Ahí estaba.

Bajo el tono dulce, los ojos cansados y las frases llenas de aparente preocupación, estaba la intención real. Fernanda no había ido a agradecerle. Había ido a empujarla hacia la salida, disfrazándolo de consejo noble.

—¿Mejor para quién? —preguntó Victoria.

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