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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 72

Fernanda notó el cambio antes de que Adrián dijera una sola palabra.

No fue algo evidente. Adrián seguía siendo correcto con ella. Preguntaba por sus terapias, respondía si lo llamaba y aparecía cuando Regina insistía en que su presencia podía ayudarla. Pero algo en él había perdido obediencia.

Su cuerpo estaba en la mansión.

Su atención, no siempre.

Aquella mañana, Fernanda lo vio desde el descanso de la escalera. Adrián estaba en el vestíbulo, hablando por teléfono con voz baja. No alcanzó a escuchar todo, pero sí el nombre de Victoria.

—No —decía él—. Que nadie toque su agenda sin consultarle… Sí, la señora Victoria decide sus propios horarios.

Fernanda apretó los dedos sobre el barandal.

Cuando Adrián colgó, permaneció mirando la pantalla del teléfono, como si esperara un mensaje que no llegaba.

Ella bajó con cuidado.

—Adrián.

Él levantó la vista.

—Fernanda. ¿Necesitas algo?

La pregunta fue amable.

Demasiado neutral.

Fernanda sonrió con suavidad.

—No. Solo quería verte. Ayer volviste tarde.

—Tuve asuntos pendientes.

—¿Con Victoria?

Adrián no respondió de inmediato.

Eso bastó.

Fernanda bajó la mirada, como si la respuesta la lastimara más de lo que quería mostrar.

—Perdón. No debí preguntar.

—No tienes que disculparte.

—A veces siento que cada cosa que digo empeora todo.

Adrián guardó el teléfono.

—Nadie dijo eso.

Fernanda asintió, pero no lo creyó. O fingió no creerlo.

Más tarde, la oportunidad apareció casi sola.

Victoria bajó al estudio para recoger una carpeta antes de ir al taller. Adrián la encontró en el pasillo, junto a la puerta de la biblioteca. Había pasado la noche pensando en lo ocurrido después del evento, en el modo en que ella lo detuvo sin odio y en esa frase que no lograba sacarse de la cabeza.

No quiero migajas nacidas de celos o confusión.

—Victoria —la llamó.

Ella se detuvo.

—¿Sí?

Adrián se acercó, pero mantuvo distancia.

—Sobre lo de anoche…

Victoria sostuvo la carpeta contra su pecho.

—No creo que sea buen momento.

—No voy a intentar nada.

Ella lo miró en silencio.

—Solo quiero hablar —añadió él—. Sin Daniel. Sin mi madre. Sin Fernanda. Solo tú y yo.

La frase quedó entre ellos con una fragilidad incómoda.

Victoria bajó la mirada un instante.

—Está bien. Habla.

Adrián tragó saliva.

Había ensayado muchas explicaciones y todas sonaban insuficientes. Quería decir que no estaba confundido, pero ni él mismo podía sostenerlo. Quería decir que la quería cerca, pero ella ya le había enseñado que querer retenerla no era lo mismo que saber elegirla.

—No supe manejar lo que sentí ayer —dijo al fin.

Victoria lo escuchó sin interrumpir.

—Verte ahí, con ellos, hablando de tu trabajo… me hizo entender que hay una parte de tu vida donde yo no tengo lugar.

—Porque nunca lo construiste.

Él aceptó el golpe.

—Lo sé.

Victoria pareció sorprenderse por la falta de defensa.

Adrián dio un paso más.

—Y aun así quiero entender si todavía puedo…

No terminó.

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