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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 76

Regina buscó a Adrián en su despacho antes de la cena.

No tocó como quien pide permiso. Dio dos golpes breves y abrió la puerta con la seguridad de alguien que ya había decidido el curso de una conversación antes de iniciarla.

Adrián estaba revisando unos documentos de la empresa. Al verla entrar con una carpeta bajo el brazo y esa expresión impecable que usaba para imponer orden sin levantar la voz, supo que no iba a hablarle de negocios.

—Madre.

—Tenemos que hablar.

Él dejó la pluma sobre el escritorio.

—Si es sobre Victoria, ya hablamos suficiente.

Regina cerró la puerta.

—Precisamente porque no hemos hablado con claridad, la situación sigue deteriorándose.

Adrián se reclinó apenas en la silla, pero no se relajó.

—¿Qué situación?

—La de tu matrimonio. La de Fernanda. La imagen de esta familia. Todo lo que insistes en mantener indefinido por no tomar una decisión.

El nombre de Fernanda cayó entre ellos como una carta que Regina sabía jugar.

—Fernanda despertó, Adrián —continuó—. La prensa empieza a interesarse otra vez. Los socios preguntan. Las familias observan. No podemos seguir actuando como si Victoria y ella ocuparan lugares compatibles.

Adrián apretó la mandíbula.

—Victoria no ocupa un lugar prestado.

Regina lo miró con una calma fría.

—No tergiverses. Victoria cumplió una función dentro de un acuerdo familiar que, en su momento, fue necesario. Nadie niega su cooperación.

La palabra cooperación le molestó de inmediato.

Como si años de vida, de silencio, de trabajo invisible y de una esposa sentada a su mesa pudieran reducirse a eso.

—No vuelvas a referirte a ella así.

Regina arqueó apenas las cejas.

—¿Así cómo?

—Como si hubiera sido una pieza útil.

—Fue útil, Adrián. Y eso no es un insulto. Gracias a ese matrimonio se sostuvieron acuerdos importantes, se protegió tu patrimonio y se evitó una ruptura pública en un momento crítico.

Él se puso de pie.

—Victoria no fue un recurso de emergencia.

—Entonces dime qué fue.

La pregunta quedó suspendida.

Adrián no respondió.

No porque no le importara, sino porque ninguna palabra le parecía suficiente. Esposa sonaba legal. Responsabilidad sonaba cobarde. Culpa sonaba incompleto. Amor era una palabra que aún no se atrevía a tocar porque sabía que, si la decía sin entenderla, volvería a herirla.

Regina notó el silencio.

—Eso pensé.

—No confundas mi silencio con acuerdo.

—Lo confundo con lo que es: falta de claridad.

Regina avanzó hasta el escritorio y dejó la carpeta frente a él.

—Mi propuesta es simple. Formalizar la separación de Victoria de manera discreta. Sin escándalos, sin humillaciones públicas, con un convenio adecuado. Después, cuando los tiempos sociales lo permitan, podrás retomar tu vínculo con Fernanda de forma natural.

Adrián miró la carpeta sin tocarla.

—Hablas como si mi vida fuera una estrategia de relaciones públicas.

—Tu vida siempre ha estado ligada a esta familia, a la empresa y al apellido que representas.

—Mi matrimonio no es una campaña.

—No. Pero su desorden puede convertirse en una.

Adrián soltó una respiración tensa.

—¿Y Victoria qué opina de tu plan?

Regina sostuvo su mirada.

—Victoria entenderá.

Él soltó una breve risa sin humor.

—Claro. Como siempre, todos deciden y Victoria entiende.

—No dramatices.

—No estoy dramatizando. Estoy cansado de que hablen de ella como si su única obligación fuera acomodarse al sitio que les conviene.

Regina lo observó con una sorpresa apenas disimulada.

—Es curioso escucharte decir eso ahora.

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