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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 77

Fernanda salió de la mansión después del almuerzo.

Dijo que tenía una cita con una terapeuta recomendada por el doctor Ramírez y que prefería ir sola. Regina quiso acompañarla, pero Fernanda sonrió con esa suavidad que todos confundían con fragilidad.

—Necesito empezar a hacer algunas cosas por mí misma —dijo—. No quiero depender siempre de ustedes.

Regina aceptó, conmovida.

Adrián apenas levantó la mirada desde el otro extremo del comedor.

—¿Quieres que el chofer te espere?

—No hace falta. Tardaré poco.

Fernanda sintió su atención apenas unos segundos y luego la perdió otra vez. Adrián volvió al teléfono, serio, distante, como si una parte de él siguiera en otro lugar.

Victoria.

Fernanda mantuvo la sonrisa hasta cruzar la puerta.

En el auto, su expresión cambió.

—Al café de San Jerónimo —indicó al chofer—. Pero déjeme una cuadra antes.

Durante el trayecto, apretó los dedos sobre el bolso. Desde fuera, cualquiera habría visto a una mujer elegante intentando retomar su vida. Nadie habría sospechado que bajo esa apariencia impecable había nervios, rabia y miedo.

El café estaba en una calle poco transitada, lejos de los salones donde su nombre todavía despertaba compasión. Fernanda entró con gafas de sol y se sentó en una mesa al fondo.

Marco Salas ya la esperaba.

No se levantó al verla. Solo la observó con una sonrisa leve, como si hubiera contado los minutos de su retraso.

—Llegas tarde.

Fernanda se sentó frente a él sin saludarlo.

—No debiste buscarme.

—Tampoco debiste ignorarme.

—No tenemos nada de qué hablar.

Marco soltó una risa baja.

—Qué rápido aprendiste a decir eso. Aunque, pensándolo bien, no fue tan rápido. Primero despertaste, dejaste que todos lloraran por ti y luego decidiste que yo era parte de algo que convenía olvidar.

Fernanda lo miró con tensión.

Marco había cambiado menos de lo que esperaba. Seguía teniendo esa seguridad incómoda, esa forma de mirar como si aún conservara una llave capaz de abrir puertas peligrosas. No pertenecía a la alta sociedad. Precisamente por eso la había cautivado años atrás.

Porque era distinto.

Rebelde.

Imprudente.

Una grieta en la vida perfecta que todos habían diseñado para ella.

Y también por eso ahora la asustaba.

—¿Qué quieres? —preguntó.

—¿De verdad quieres que lo diga aquí?

—Quiero que desaparezcas.

Marco se inclinó hacia la mesa.

—Eso ya me lo dijiste cuando me llamaste después de despertar. ¿Recuerdas? “Olvida el pasado, Marco. Déjame ser feliz.” Como si yo hubiera sido un capricho vergonzoso.

Fernanda apretó el bolso sobre sus piernas.

—Eso fue lo que fuiste.

La mirada de Marco se endureció.

—No decías eso cuando querías escapar conmigo.

—Baja la voz.

—¿Por qué? ¿Tienes miedo de que alguien escuche que la ex-novia perfecta de Adrián Montenegro tenía una maleta lista para escapar con su amante justo antes de su boda?

Fernanda palideció.

—Cállate.

—O que la noche previa a su accidente me llamó llorando porque no quería casarse con Adrián.

—¡Cállate!

Una mujer en la mesa cercana giró apenas la cabeza.

Fernanda recuperó la postura de inmediato. Respiró, acomodó un mechón detrás de la oreja y bajó la voz.

—No tienes derecho a mencionar eso.

—¿No? Yo también estaba en esa historia, Fernanda.

—Esa historia fue un error.

Marco la miró con desprecio.

—Qué conveniente descubrirlo después de despertar y que la gente a tu alrededor comenzara a llamarte la pobre víctima de las circunstancias.

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