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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 82

Adrián estaba más distante desde el regreso de Victoria y Fernanda sabía que no era solo una ausencia física. Seguía en la mansión, atendía llamadas, revisaba asuntos de la empresa y preguntaba por sus terapias cuando coincidían. Pero había momentos en que se quedaba mirando el teléfono o desaparecía durante horas en el despacho sin explicar qué hacía.

También había empezado a hacer preguntas.

Preguntas pequeñas.

Demasiado cuidadosas.

—¿Recuerdas quién organizó el traslado de tus pertenencias después del accidente?

—¿Conservas algún teléfono anterior?

—¿Habías planeado algún viaje antes de la boda?

Adrián fingía que eran curiosidades nacidas de los documentos antiguos, pero Fernanda reconocía la sospecha cuando la tenía enfrente.

Algo había cambiado.

Y si no recuperaba el control pronto, esa duda podía crecer hasta destruir la imagen que todos habían protegido de ella durante los tres años que estuvo en coma.

Esperó hasta la noche.

Regina había salido a una cena de la fundación. Isabel descansaba en su habitación y el personal se movía con discreción por los pasillos. Adrián estaba en la biblioteca, solo, revisando unos documentos.

Fernanda se detuvo frente a la puerta y respiró antes de tocar.

—Adelante.

Entró con una bata clara sobre el vestido y el cabello suelto. No llevaba maquillaje salvo lo necesario para disimular el cansancio. Había calculado cada detalle para parecer vulnerable sin resultar artificial.

Adrián levantó la mirada.

—Fernanda. ¿Pasa algo?

Ella cerró la puerta con suavidad.

—No podía dormir.

Él dejó la carpeta sobre la mesa.

—¿Te sientes mal?

—No físicamente.

Fernanda caminó hasta uno de los sillones, pero no se sentó enseguida.

—Últimamente estás diferente conmigo.

Adrián guardó silencio.

—Has estado más distante —continuó—. Y haces preguntas sobre cosas que ocurrieron antes del accidente.

—Estoy revisando asuntos antiguos.

—¿Por qué?

Él sostuvo su mirada.

—Porque hay detalles que no entiendo.

Fernanda sintió un golpe de miedo, pero mantuvo la expresión serena.

—Perdí años de mi vida, Adrián. Hay cosas que tampoco entiendo.

Se sentó frente a él.

—Desperté y descubrí que todo siguió sin mí. Mi familia envejeció. Tú te casaste. Victoria ocupó un lugar que yo creía mío. A veces siento que todos esperan que me adapte sin dolor porque sobreviví.

La culpa apareció en el rostro de Adrián.

Fernanda la reconoció de inmediato.

Era la misma culpa que lo había mantenido a su lado desde que abrió los ojos.

—Nadie espera eso de ti —dijo él.

—A veces tú sí.

—No es verdad.

—Entonces mírame y dime que todavía recuerdas lo que íbamos a construir.

Adrián bajó la vista un instante.

Fernanda se inclinó hacia él.

—Hablábamos de una casa lejos del centro. De viajar. De hijos. De cómo ibas a convencer a tu madre de que no necesitábamos vivir según sus reglas.

Adrián recordaba esas conversaciones.

También recordaba haber idealizado cada una durante los años en que Fernanda permaneció inmóvil. Había convertido aquella relación en algo perfecto porque era más fácil amar una vida detenida que enfrentar la culpa de seguir adelante.

—Lo recuerdo —dijo.

Fernanda extendió la mano sobre la mesa, cerca de la suya.

—Entonces dime que no perdí todo.

Adrián la miró.

La vulnerabilidad de Fernanda era real en alguna parte. Había despertado después de años, rodeada de cambios, miradas y silencios. Él no podía ignorar eso.

Pero tampoco podía decir lo que ella esperaba.

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