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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 96

Fernanda volvió a encontrarse con Marco Salas en un café alejado del centro, eligió una mesa al fondo, lejos de las ventanas, y esperó menos de cinco minutos antes de verlo entrar.

Marco no se molestó en sonreír al acercarse.

—Que puntual.

Fernanda esperó a que se sentara antes de responder.

—No creas que voy a venir corriendo cada vez que decidas aparecer.

—Antes no te molestaba, supongo porque pensabas que tenías todo bajo control.

Ella sostuvo su mirada con calma.

—Si me pediste venir para repetir lo mismo, podemos terminar aquí.

Marco se inclinó un poco hacia adelante.

—No vine a repetir nada. Vine a decirte cuánto quiero.

Fernanda apretó los dedos bajo la mesa, aunque su expresión permaneció serena.

—Ya te ofrecí dinero.

—Me ofreciste una cantidad ridícula.

—Era más de lo que mereces.

Marco soltó una exhalación cargada de fastidio.

—Yo sé lo que valen los recuerdos que quieres enterrar.

Fernanda miró alrededor antes de volver hacia él.

—Baja la voz.

—¿Te preocupa que alguien escuche? Pensé que después de tantos años ya habrías aprendido a fingir mejor.

Ella se inclinó hacia él.

—No confundas mi paciencia con miedo.

—Entonces hablemos claro.

Marco apoyó los brazos sobre la mesa.

—El día del accidente no estabas pensando en Adrián, te ibas a ir conmigo.

Fernanda endureció la expresión.

—No sabes lo que estaba pensando.

—Sé lo suficiente. La maleta estaba lista, los boletos comprados y los mensajes enviados. Tú no ibas a casarte con Adrián.

—Eso fue hace años.

—Eso no cambia lo que pasó.

Marco sostuvo su mirada.

—Íbamos a irnos juntos.

La frase quedó entre ambos y Fernanda bajó la voz.

—No éramos nada serio.

—Eso no fue lo que dijiste aquella noche.

Ella se tensó.

—Estaba confundida.

—Estabas decidida. Me pediste que esperara, dijiste que llevarías lo necesario y que, cuando saliéramos de la ciudad, nadie podría obligarte a volver.

Fernanda apretó la mandíbula.

—Las personas dicen muchas cosas cuando están bajo presión.

—También compran boletos, preparan una maleta y envían mensajes que todavía existen.

La mención de los mensajes terminó de romper la calma que intentaba sostener.

—¿Qué quieres, Marco?

Él la observó con atención, satisfecho al verla perder parte del control.

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