—¿Recuerdas cuando hice la selección para el proyecto y no te acepté al principio? —Zaira sonrió levemente—. Gaspar habló conmigo de antemano, quería que mi equipo fuera muy estricto al contratar, porque él ya tenía planeado poner el proyecto de leucemia en mis manos. Fuiste tú la que sacó la casta y con tu propio talento lograste entrar de nuevo al equipo.
Micaela recordó que en ese entonces era joven e impulsiva, por eso había hecho esa apuesta con Zaira. Pensándolo bien, ¡apenas habían pasado dos años! Sonrió.
—Me acuerdo.
—En ese momento, él tampoco conocía tu verdadero potencial. Luego, cuando saltaste grados con tus exámenes, vi que él también estaba bastante sorprendido. ¡Me llamó en privado para pedirme que te formara bien! —rio Zaira—. Se nota, aunque tiene un carácter medio frío, se porta muy bien contigo.
Micaela recordó la confesión de Gaspar aquel día: le metía dinero al laboratorio solo para tener contacto con ella en el trabajo. En cuanto a usar su investigación para ganar dinero, su empresa de biomedicina ni siquiera cotizaba en bolsa todavía.
Y su proyecto de Interfaz Cerebro-Máquina apenas estaba dando resultados, pero él ya le había metido miles de millones.
Si hablaban de favores, las cuentas entre ella y Gaspar ya eran incalculables.
Desde que puso los primeros diez mil millones para que su padre construyera el laboratorio, ya no había forma de llevar la cuenta. Sabiendo que ella podía portar el gen mutado de la leucemia, no solo no la evitó, sino que quiso casarse con ella. En ese punto, la familia Arias ya le debía mucho.
—Señora Zaira, gracias por decirme todo esto —agradeció Micaela.
—Todavía están jóvenes, ¡ni a los treinta llegan! La última vez que vi a Gaspar, tenía la cabeza llena de canas, no sé si será por tanto estrés —dijo Zaira con un tono de lástima.
Micaela bajó la mirada. La noche que el cabello de Gaspar se blanqueó fue cuando ella cuidó a Anselmo herido, la misma noche que aceptó salir con Anselmo.
¿Así que esas canas fueron por su culpa?
Micaela se dio cuenta de repente de que se enteraba de muchas cosas demasiado tarde; realmente era un poco despistada.
Si la razón de su cabello blanco era ella, entonces...
En el fondo de su corazón surgió una mezcla compleja de amargura y pesadez.
—Mica, escuché que pronto vas a empezar una nueva investigación. Échale ganas.
—Gracias por el ánimo, señora Zaira, lo haré —Micaela sonrió, pero su voz sonó un poco ronca.
Verónica miró hacia allá; Micaela platicaba con Zaira. Suspiró mirando a Lara.
—Lara, ya deberías soltar esos rencores, ¿no? ¿No te cansas de envidiar siempre a Micaela?
Antes de que Lara pudiera contestar, Verónica siguió:
—Micaela y el señor Gaspar... ¿te has puesto a pensar? Alguna vez se amaron de verdad. Si se casaron, se divorciaron y se vuelven a amar, ¡no es asunto nuestro! ¿Para qué te aferras?
Lara apretó el puño bajo la mesa. Las palabras de Verónica le dolieron.
Pero simplemente no podía evitar envidiar a Micaela. Ella tenía todo lo que Lara soñaba: talento excepcional, la atención de todos y la admiración de tantos hombres excelentes.
En ese momento, sonó el celular de Micaela. Era un mensaje de Gaspar: «Más tarde paso con Pilar a recogerte para cenar».
Micaela leyó y respondió: «Está bien».

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Divorciada: Su Revolución Científica