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Divorciada: Su Revolución Científica romance Capítulo 1409

En ese momento entró una invitada. Al ver el desastre en el piso, frunció el ceño y preguntó:

—Oye, ¿qué pasó aquí?

—Se me cayeron sin querer —dijo Samanta, y salió con su bolso.

Micaela regresó al salón. Gaspar, que estaba charlando con alguien, la miró y notó de inmediato que su semblante había cambiado.

—¿Qué pasa? ¿Te sientes mal? —preguntó acercándose con preocupación.

Micaela negó con la cabeza.

—Nada. ¿Podemos irnos a las ocho?

Gaspar checó la hora; ya pasaban de las siete y media. Asintió.

—Claro.

Justo entonces, Gaspar vio salir a Samanta del área de los baños. Su rostro se endureció al instante, comprendiendo por qué Micaela estaba de mal humor.

—¿Qué te dijo? —preguntó con el ceño fruncido, visiblemente tenso.

Micaela vio de reojo que Samanta regresaba al salón y respondió con indiferencia:

—Nada importante.

Pero Gaspar conocía demasiado bien a Samanta y sabía lo profundo de su rencor hacia Micaela. Podía imaginarse perfectamente el tipo de cosas que le habría dicho.

—¿Quieres irte ya? —preguntó él en voz baja.

Micaela levantó la vista.

—¿No tenías que esperar al señor Suárez?

—Iré a visitarlo personalmente después. —Gaspar no iba a esperar; no quería que Micaela estuviera ni un minuto más en un lugar donde se sintiera incómoda.

Antes de que Micaela pudiera responder, sintió la mano grande de Gaspar tomando su muñeca. Él se disculpó rápidamente con las personas que lo rodeaban y la guio hacia la salida.

Samanta vio toda la escena y sintió un piquete agudo en el corazón, un dolor que casi le corta el aliento y la dejó helada.

Vio cómo Gaspar llevaba a Micaela de la mano hacia la puerta, como si la sola presencia de ella hubiera contaminado el aire del lugar.

¿Quién la mandaba a ser la diosa inalcanzable de las fiestas de antes? La pareja de tipos como Lionel, Gaspar o Jacobo.

Ahora que había caído en desgracia, se había convertido en la presa de diversión de estos hombres de segunda categoría que soñaban con ponerle las manos encima.

—¡Qué aguante tiene la señorita Samanta!

Samanta aguantó las náuseas y la humillación, sonriendo falsamente ante esa bola de patanes.

Sabía que, si quería sobrevivir en este círculo, le esperaban muchos días así.

Enzo los esperaba con el auto en la entrada. Micaela subió y luego Gaspar. Él le dijo a Enzo:

—Llévanos a un restaurante por aquí cerca.

—No, gracias, prefiero ir a casa —dijo Micaela.

Gaspar la miró, quiso decir algo pero se contuvo. Le indicó a Enzo:

—A casa entonces.

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