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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 389

Nadie se atrevía a tocar el tema, pero el Grupo Olmo dio la cara y anunció públicamente que, de ahora en adelante, no tendría más tratos con NC. Para NC, eso fue un golpe devastador.

Después de terminarse una taza de té, el asistente de Rubén supo leer el ambiente y se levantó.

—Señor Olmo, si no hay nada más por hoy, me retiro.

Rubén dejó la taza sobre la mesa. El té que Sofía había preparado ya estaba frío.

Eso significaba que había pasado, al menos, unos quince minutos.

La señora Olmo seguramente ya había digerido la noticia.

Él asintió con la cabeza.

—Sí, puedes irte.

Justo cuando el asistente se disponía a salir, a Rubén le vino algo a la mente y frunció el ceño, deteniéndolo.

—Por cierto, organiza un equipo que se encargue de monitorear lo que se dice en internet. Por ahora, veo que los comentarios sobre Jasmine y Marisa siguen bajo control, pero si llega a haber algo fuera de lo previsto, avísame de inmediato. Además, con todo lo de la familia Loredo saliendo en las noticias legales, ponte en contacto con los medios para asegurarte de que Samuel no sea relacionado ni con Jasmine ni con Marisa.

El asistente asintió.

—Señor Olmo, ya estoy trabajando en eso. No se preocupe.

Rubén se frotó los ojos y la frente.

—Esta semana mi agenda no está tan llena. Busca algún momento para agendar una comida con nuestros amigos de la prensa. Yo los invito.

El asistente tomó nota mentalmente. Sabía que Rubén no solía asistir personalmente a ese tipo de comidas, así que seguro tenía algún otro plan en mente.

—Entendido, señor Olmo.

Rubén se puso de pie y, con un gesto de la mano, le indicó al asistente que podía retirarse. Luego, él mismo subió las escaleras.

...

En el estudio, la luz era tenue, casi nostálgica.

Marisa estaba sentada en la silla de oficina que Rubén solía usar. Aquella silla tenía algo especial; cualquiera que se sentara ahí adoptaba una expresión más seria, como si el mueble transmitiera gravedad.

Esta vez, Marisa no era la excepción.

Frente a Rubén, podía mostrarse tal cual era, sin escudos ni máscaras. Solo una mujer vulnerable, necesitada de consuelo.

Rubén se acercó a paso lento, rodeando la silla. Se inclinó por detrás y la envolvió con sus brazos.

Ese gesto le dio a Marisa una tranquilidad inesperada, como si por fin pudiera respirar hondo tras días de tensión.

Los labios de él rozaron suavemente su oreja, y el calor de su aliento le hizo sentir que, por fin, volvía a la vida.

Ella anhelaba ese cosquilleo, esa tibieza que le recorría la piel.

—No tengas miedo, aquí estoy contigo.

La voz de Rubén era tan suave que casi parecía un susurro, pero cargada de una firmeza y ternura que atravesaban cualquier duda.

Marisa giró el rostro y sus labios encontraron los de Rubén, entreabiertos.

Ese roce sutil desató una chispa pequeña pero intensa.

Fue ella quien se inclinó primero, buscando el beso, como si necesitara encontrar en ese contacto una nueva seguridad.

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