Marisa recordaba que, hasta donde sabía, nunca le había dicho abiertamente a Davis de dónde venía ni a qué se dedicaba.
¿Cómo demonios supo que ambos estaban en el mismo negocio?
Tal vez Davis notó la duda en sus ojos, porque soltó una sonrisa y dijo:
—En un momento tan delicado como este, ¿que vengas a buscarme? Dime, ¿quién más podría ser si no es alguien del mundo del arte?
Estos días, el pasto frente a su casa ya estaba tan aplastado que parecía camino de pueblo, de tanta gente del mismo gremio que había ido a buscarlo.
Pero nadie, ni uno solo, se atrevió a abrir la puerta a la fuerza como lo había hecho Marisa.
Hoy mismo, ya habían llegado varios grupos. Tocaron el timbre, esperaron un rato y, al ver que nadie contestaba, se marcharon sin hacer escándalo.
Solo ella…
Davis entrecerró los ojos, examinando a Marisa de pies a cabeza como si intentara descifrar algún misterio profundo.
—Eres bastante guapa, la verdad. Una lástima que te dediques a esto.
A Marisa le sonó a burla, y el tono no ayudaba nada.
Arrugó la boca y replicó:
—Tú tampoco estás nada mal, ¿eh? Además, con todos esos abdominales, también es una pena que te dediques a esto.
Davis, lejos de molestarse, se llenó de curiosidad.
—¿Y tú cómo sabes que tengo tantos abdominales?
Por un momento, Marisa se quedó pensando.
¿Cómo lo sabía?
Entonces recordó: fue cuando Sabrina Castillo, en pleno chisme, le mostró unas fotos.
Davis, con una ceja levantada, preguntó:
—¿Acaso viste algo en el baño hace rato?
Antes de que la situación se saliera de control, Marisa se apresuró a aclarar:
—No, no es eso. Es que encontré tu cuenta secundaria y vi las fotos en tus publicaciones, nada más.
—¿Cuenta secundaria?
Davis soltó una risita.
—Deberías ser detective privado, no galerista. Anda, dime de qué galería eres, así te niego la propuesta de una vez y no vuelvas a molestar.
Marisa, resignada, terminó por decirle:
—Me llamo Marisa, soy la dueña de la galería Jasmine. Venimos con toda la intención de colaborar contigo.
¿Jasmine?
Marisa lo corrigió:
—Marisa, me llamo Marisa.
Él hizo un gesto de indiferencia con la mano.
—Como sea. El punto es que ya puedes irte.
Marisa pensó en insistir, pero la actitud de Davis la dejó helada. No había forma de avanzar, ni un resquicio para negociar.
Sintió que cualquier palabra sería inútil, pero aun así intentó un último esfuerzo:
—La directora de arte de Jasmine ya vino antes a platicar contigo. Sobre la propuesta que te hizo, yo puedo ofrecerte todavía más.
Davis echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.
—¿Tú crees que me hace falta dinero, Marisa?
Ella negó con la cabeza, comprendiendo el punto. Soltó un suspiro bajito y se levantó.
—Entonces no te quito más el tiempo…
Dio media vuelta, apenas puso un pie fuera de la casa, cuando desde adentro escuchó un grito de auxilio:
—¡Ayuda!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El día que mi viudez se canceló
Mas capítulos 🥲🙏...
Mas capítulos plis 🫠...
👋🫰...
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Más capítulos plis 🙏...
Está buena la trama 🫰...
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Me encanta esta aplicación 😊 muchas gracias por subir la novela 😊...