¿Otra vez?
Marisa inhaló profundo, tratando de calmarse.
¿Ahora con qué cosa adorable iba a salir este tipo?
Resignada, giró para mirar hacia atrás.
Sus ojos se abrieron como platos.
¿Davis estaba ahí, tirado en el suelo, con esa expresión tan angelical?
Al principio, Marisa pensó que debía estar viendo mal.
Se frotó los ojos y, para su sorpresa, Davis seguía tumbado en el mismo lugar.
Después llegó a la conclusión de que Davis seguro estaba haciéndole una broma pesada.
No corrió hacia él de inmediato, solo resopló y preguntó con desgano:
—Señor Mariscal, ¿ahora con qué payasada salió?
Marisa ya se veía la escena: seguro corría hasta él, y Davis abriría los ojos para soltarle que lo había dejado noqueado de tanta ternura.
Esperó unos treinta segundos. El hombre en el suelo ni pestañeó, seguía tirado, inmóvil, como si estuviera muerto.
Marisa se quedó pasmada, pero luego pensó que nadie en su sano juicio se desploma así por las buenas.
Eso tenía que ser una de las bromas de Davis.
—Señor Mariscal, ya me voy, no le sigo el juego.
Esperó en silencio un par de segundos más. Nada. Dio media vuelta y salió de la casa.
Caminó hasta el portón negro al fondo del patio sin escuchar ni el más mínimo ruido.
Cuando estaba a punto de cruzar la puerta, una sensación extraña se le instaló en el pecho.
No sabía decir por qué, pero algo no cuadraba. Sintió el impulso de regresar y asegurarse de que Davis solo estaba actuando y no era algo grave.
Ojalá solo estuviera fingiendo.
Dio media vuelta y regresó casi corriendo hasta la entrada. Abrió la puerta de golpe y, efectivamente, Davis seguía tirado exactamente donde lo había visto antes.
Pero Marisa le soltó de sopetón:
—¡Fabiana, esto se fue al carajo! ¡Davis parece que se nos va!
Fabiana pegó un grito:
—¡No inventes! ¿No me digas que tú tuviste algo que ver, señorita Páez?
Marisa rodó los ojos, sin poder creer la imaginación de su amiga.
—¿Cómo crees? ¿Qué te pasa? Ni idea de qué rayos pasó, yo también estoy en shock. Llamé a la ambulancia. Apenas lleguen, te mando la ubicación y te vienes volando.
Aunque Marisa no sabía para qué quería que Fabiana viniera, cuando uno entra en pánico, lo primero que piensa es en juntar gente.
Los diez minutos de espera en la casa se le hicieron eternos, como si el tiempo se hubiera detenido.
Se quedó agachada, sosteniendo la cabeza de Davis con las manos, notando cómo su respiración se volvía cada vez más débil.
Y lo peor era que no podía hacer nada. No tenía idea de qué le pasaba a Davis ni cómo ayudarlo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El día que mi viudez se canceló
Mas capítulos 🥲🙏...
Mas capítulos plis 🫠...
👋🫰...
Más capítulos 🤗...
Más capítulos plis 🙏...
Está buena la trama 🫰...
Mas capítulos plis 🙏...
Me encanta esta aplicación 😊 muchas gracias por subir la novela 😊...