Marisa jamás habría imaginado que, después de tanto batallar para conseguir la firma de Davis, fuera a lograrlo por una absurda competencia entre hombres.
No lo podía creer.
Frunció las cejas, su mirada llena de dudas se posó sobre Davis.
—¿No estás bromeando?
Davis, con aire triunfante, no quitó la vista de Rubén. Sus cejas se arquearon con arrogancia.
—No estoy bromeando. Si lo echas ahora mismo y haces que tu asistente traiga el contrato, lo firmo aquí y ahora.
Las cejas de Marisa se juntaron aún más.
Su determinación empezó a tambalearse.
Davis era de los clientes más complicados que había enfrentado. Si de verdad podía asegurarlo con solo esa condición, el éxito de la exposición de invierno estaría prácticamente garantizado.
Pero...
Desvió la mirada hacia Rubén, que permanecía sentado al otro lado, cruzando miradas con Davis.
Rubén contemplaba a Davis con ese gesto que usaba para burlarse de los demás, como si todo fuera una broma.
Para él, la idea de que Marisa lo echara solo por un contrato le parecía absurda, imposible.
Incluso sonrió con desdén, como si se burlara de toda la situación.
Pero justo cuando menos se lo esperaba, la voz suave de Marisa lo sorprendió.
—Rubén, ¿por qué no te retiras por hoy?
Rubén pensó que había escuchado mal.
Se giró rápido, buscando los ojos de Marisa.
Ella le devolvió la mirada, con una expresión que mezclaba disculpa y firmeza.
—Estoy bien, de verdad. No necesito que me cuides.
Marisa había dudado, pero tras pensarlo, recordó que, después de todo el alboroto con el viaje de trabajo junto a Margarita Vega, Rubén nunca le dio una explicación clara. Ni siquiera la buscó o intentó aclarar nada; simplemente desapareció varios días.
Quizá, pensó Marisa, ya no necesitaba el cuidado de Rubén. Al menos, esa noche ya no lo necesitaba.
Rubén se quedó inmóvil, mirándola con los ojos entrecerrados.
—¿De verdad quieres que me vaya? ¿Estás segura?
Marisa aspiró hondo.
—Sí. Estoy segura.
Davis, más que satisfecho, le dedicó una sonrisa victoriosa a Rubén. Luego se dirigió a Marisa.
—Veo que sí tienes palabra. Ahora dile a tu asistente que traiga el contrato y firmamos al precio que acordamos la primera vez.
Bajó la cabeza, fijándose en la sábana blanca que la cubría y el teléfono apagado sobre ella.
El reflejo oscuro de la pantalla le devolvía la expresión que trataba de ocultar: una mezcla de tristeza y resignación.
Sin levantar la mirada, apretó los labios, intentando mantener la compostura y hasta una sonrisa.
—Rubén, gracias por venir a verme, pero no necesito que me cuides. Si te quedas intranquilo, puedo pedir una enfermera para que me acompañe.
Tras una pausa, añadió con voz baja:
—Ya puedes irte.
Apenas terminó de hablar, el rechinar de la silla al arrastrarse por el suelo llenó el cuarto de un sonido áspero y cortante.
Rubén se levantó con pasos pesados y firmes.
La puerta se cerró de un golpe seco, dejando un silencio denso a su paso.
Solo entonces Marisa se permitió respirar aliviada.
Imaginó lo que Rubén estaría pensando: que ella era capaz de todo con tal de cerrar un trato, incluso de echarlo de su lado.
Pero, en el fondo, ya no le importaba.
Después de todo lo que pasó con el viaje y Margarita, Marisa había entendido que la falta de explicaciones de Rubén era la respuesta más clara.
Davis bajó la mirada hacia Marisa y notó que sus ojos, tan serenos como siempre, estaban a punto de desbordarse en lágrimas.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El día que mi viudez se canceló
Mas capítulos 🥲🙏...
Mas capítulos plis 🫠...
👋🫰...
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Más capítulos plis 🙏...
Está buena la trama 🫰...
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Me encanta esta aplicación 😊 muchas gracias por subir la novela 😊...