Marisa se quedó ahí parada, completamente ida, por un buen rato.
De pronto, dejó escapar una risa amarga, burlándose de sí misma.
¿Cómo podía ser tan poco reservada? En cuanto supo que Rubén estaba esperando en el estacionamiento, hasta convenció a la enfermera para que le rentara una silla de ruedas eléctrica, solo para poder bajar y verlo, aunque fuera un momento.
Marisa respiró hondo y negó con la cabeza.
¿Qué le pasaba?
¿No se suponía que, durante todo ese tiempo en el que no se habían hablado, ya había reflexionado lo suficiente?
Al parecer, todavía no lo tenía claro.
Con una mezcla de nostalgia y desilusión, Marisa presionó el botón de la silla y se dirigió hacia el elevador.
...
La salida del estacionamiento era una cuesta larga.
Rubén pisó el acelerador a fondo, y el rugido del motor rompió la quietud de la noche.
El chirrido de las llantas al raspar el pavimento se escuchó estridente.
En el centro de Clarosol, frente a los bares, grupos de jóvenes platicaban y fumaban afuera, dejando escapar nubes de humo y carcajadas.
Las chicas iban vestidas con ropa ligera y atrevida, como si el invierno se hubiera esfumado y el calor del verano hubiera llegado de repente.
El valet tomó las llaves del carro de Rubén, quien bajó del vehículo atrayendo todas las miradas.
La mayoría de los hombres vestía siguiendo las últimas tendencias, pero Rubén desentonaba, y justo por eso llamaba la atención.
Llevaba un traje hecho a la medida, perfectamente planchado, la corbata impecable. Ni un solo pliegue fuera de lugar.
Hasta el peinado tenía ese aire de autocontrol, como si nada pudiera alterarlo.
En medio de un ambiente de excesos, se convirtió en el punto de referencia. Todos lo notaban.
Las chicas cuchicheaban entre ellas, emocionadas y ansiosas.
Rubén revisó su celular.
Gonzalo le había enviado el número de la mesa VIP.
Segundo piso, mesa tres.
El gerente salió a recibirlo con toda la cortesía posible.
Mientras Rubén bajaba la mirada para responderle a Gonzalo un mensaje, la luz del local iluminó su perfil definido y elegante. Caminaba como si nada le importara, ignorando todas las miradas que se clavaban en él.
Esa actitud relajada, sin esfuerzo, solo lo hacía más llamativo.
Dentro del bar, las luces bailaban y el bullicio llenaba cada rincón.
Ya con eso, Rubén no tuvo más remedio que aceptar la presencia de las chicas.
La joven se sentó, bastante discreta, y le sirvió una copa de whisky.
Gonzalo, por su parte, se acomodó rodeado de chicas.
—El señor Olmo es muy serio, pero yo sí sé divertirme. Hoy, a la que diga la mejor frase, le va el regalo más grande, ¿qué tal?
Las chicas aplaudieron y empezaron a lanzarle cumplidos y bromas a Gonzalo.
Sin dejarse llevar por el alboroto, Gonzalo levantó su vaso, brindó con Rubén y ambos bebieron una copa de whisky.
Luego, bajó la voz y preguntó:
—¿Se pelearon tú y la señora Olmo?
Rubén no respondió de inmediato, solo bebió otro trago antes de asentir.
Con el ceño fruncido, confesó:
—No es que hayamos peleado, solo... ella ya no quiere hablarme. Y la verdad, no sé qué hacer.
Gonzalo no tenía dudas: Rubén, ese Rubén que él recordaba, jamás habría admitido estar perdido.
Ahora, sin embargo, lo veía confundido, como si de pronto el mundo hubiera dejado de tener sentido para él.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El día que mi viudez se canceló
Mas capítulos 🥲🙏...
Mas capítulos plis 🫠...
👋🫰...
Más capítulos 🤗...
Más capítulos plis 🙏...
Está buena la trama 🫰...
Mas capítulos plis 🙏...
Me encanta esta aplicación 😊 muchas gracias por subir la novela 😊...