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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 467

Rubén guardó silencio.

En ese momento, no tenía nada que decir.

Sentía el cuerpo tan pesado y sin energía que ni hablar podía.

—Además, lo de la vez pasada con Margarita... Ella todavía no lo supera. Puede que, por lo que pasó entre ustedes, le haya quedado una espinita y por eso actúa así.

Al escuchar aquello, Rubén frunció el ceño aún más.

—Entre Margarita y yo, nunca pasó nada antes, tampoco está pasando nada ahora y, en el futuro, menos va a pasar algo.

—Rubén, lo sé. Si de verdad hubieras querido estar con Margarita, hace tiempo lo habrías hecho. Nadie conoce mejor lo que hay entre ustedes que yo.

Rubén se recargó en el asiento del carro, mirando fijo al frente, y soltó con voz apagada:

—Dime, ¿no crees que esto es como una especie de castigo por lo que hice antes?

Cerró los ojos. Al apretarlos, se notaba el leve movimiento de sus pupilas bajo los párpados.

—Cuando supe que ella se iba a casar con Samuel Loredo, lo único que pensé fue en huir de todo, y justo me topé con Margarita, que hasta se parece un poco a ella. Llegué a pensar que tal vez podía reemplazarla...

—Nada de castigos ni nada, no digas tonterías. Además, entre tú y Margarita nunca pasó nada, ¿o sí?

—Pero sí tuve esa intención...

La voz de Rubén cargaba un aire de resignación tan hondo que hasta Claudio se quedó sin palabras para consolarlo.

A veces, cuando uno quiere de más, se pone a pensar demasiado y terminar hiriéndose solo.

Rubén sabía que no había remedio que Claudio pudiera darle.

Luego de un breve silencio, terminó la llamada.

Marcó el número de Cristian Quiroz.

No hubo respuesta. Seguramente Cristian estaba en cirugía y no podría contestar en un buen rato.

Rubén repasó su lista de contactos, que parecía cada vez más corta. Finalmente, entrecerró los ojos y se detuvo en el número de Gonzalo León.

—Gonzalo...

Murmuró el nombre para sí, sin creerse que, en una noche como esa, buscara a alguien para ir a tomar y terminara recurriendo a Gonzalo.

—Tú dime dónde y mándame la ubicación, ahorita llego.

...

La noche ya caía sobre la ciudad.

Marisa no lograba conciliar el sueño. Seguía pensando en las fotos que le mandó Fabiana; no cabía duda, ese era el carro de Rubén.

Ella misma se había subido varias veces a ese Bentley.

Marisa miró la luz de la luna colándose por la ventana. Ya casi era de madrugada, ¿seguiría él ahí abajo?

Decidió levantarse y le pidió a la enfermera que le prestara una silla de ruedas.

—Voy a tomar aire al patio de abajo, no hace falta que me acompañes.

Bajó directo al estacionamiento en el elevador. Marisa aún no se acostumbraba a la silla eléctrica, pero al ubicar el botón, logró avanzar despacio.

Se detuvo justo frente al lugar desde donde Fabiana había tomado la foto.

Solo encontró un espacio vacío. Rubén ya se había ido.

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