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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 472

La luz tenue del pasillo apenas iluminaba el rostro de Sabrina, quien miraba a Claudio con una mezcla de nerviosismo y desconcierto. Tenía la negativa en la punta de la lengua, ya lista para escapar, pero por alguna razón no pudo decirla. Se quedó mirando directo a los ojos de Claudio, y antes de que pudiera pensarlo demasiado, asintió con la cabeza, casi sin darse cuenta.

Ese gesto tomó a Claudio completamente por sorpresa.

Se quedó pasmado, paralizado por al menos diez segundos, antes de que la emoción y la alegría lo desbordaran; sin poder contenerse, alzó a Sabrina en brazos.

Sabrina, sobresaltada por el impulso, soltó un grito ahogado. Rápido, recordó que podrían estar observándolos y se cubrió la boca, con los ojos muy abiertos, mirando a Claudio como si no lo reconociera.

—¿Qué haces? ¿No te da miedo que alguien nos vea? —le susurró, intentando mantener la compostura.

Pero Claudio andaba tan entusiasmado que no estaba para preocuparse por esas cosas. Si no fuera porque temía que Sabrina se molestara, ya le habría plantado un beso en la mejilla, sin más.

Sabrina giró varias veces en los brazos de Claudio, mareada por la inesperada demostración de alegría.

Justo cuando Claudio la giró hacia la entrada del salón de conferencias, Sabrina alcanzó a ver a unos compañeros de su empresa que se dirigían al baño. Era evidente que la habían reconocido.

Entró en pánico y comenzó a golpearle el hombro con la mano.

—¡Bájame! ¡Claudio, bájame ya!

Claudio apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando los compañeros del equipo de curaduría se les acercaron de frente. El ambiente se volvió tan incómodo que hasta el aire parecía haberse detenido.

Sabrina, que tenía fama de valiente y desinhibida en la oficina, sintió que el momento la asfixiaba.

Uno de los colegas rompió el silencio, intentando sonar casual:

—Qué coincidencia, Sabrina... Qué coincidencia, señor Cano...

Claudio fingió serenidad mientras dejaba a Sabrina en el suelo. No pudo disimular la molestia de que los hubieran interrumpido; su expresión lo delataba.

La otra compañera intentó explicar la situación:

—El baño está saturado en la sala de conferencias. Tuvimos que salir a buscar otro...

Antes de que pudiera terminar, Sabrina intervino con una sonrisa forzada.

Claudio no aflojó el abrazo. Al contrario, se acercó aún más, hasta que sus rostros casi se tocaron. La observó con detenimiento, notando lo poco común que era ver el rubor en sus mejillas.

—¿Ah, sí? —le susurró, con una leve sonrisa—. Y yo que pensaba que por fin había logrado poner nerviosa a la señorita Castillo.

Sabrina se irguió y le sostuvo la mirada, decidida:

—¿Y por qué habría de ponerme nerviosa? Lo que pasa es que no me gusta escuchar chismes absurdos.

Hizo una pausa, viendo la expresión triunfante de Claudio, lo que le molestó sin poder evitarlo. Alzó la barbilla y agregó con firmeza:

—Además, yo solo dije que no tengo novio en este momento. Estoy soltera, y así cualquiera tiene oportunidad conmigo. No eres el único, ¿entiendes?

Claudio entrecerró los ojos, con una sonrisa confiada.

—Eso da igual. Nadie tiene más oportunidad que yo. Al fin y al cabo, los próximos meses vamos a trabajar juntos todo el tiempo.

Su voz tenía la seguridad de quien ya se sentía el dueño de la situación.

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