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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 489

La palma de su mano estaba helada, seguramente por haber estado expuesta al viento durante esa noche tan fría.

Marisa no alcanzó a preguntarle a Rubén qué hacía ahí, porque él la metió al instante en el cálido interior del carro deportivo.

Mientras él la acomodaba, ella se preguntaba si en todos estos días sin verse ni platicar, Rubén habría cambiado. Tal vez ya no era el mismo de antes.

Al fin y al cabo, antes solo lo veía manejando carros lujosos pero discretos; era raro verlo al volante de un carro tan ostentoso como ese.

Rubén dio una vuelta alrededor del carro y volvió al asiento del conductor. Apenas se sentó, subió aún más la calefacción.

Marisa frotó sus manos entumecidas, y el aire tibio llenó el espacio, haciéndola sentir mucho mejor. Su cuerpo, que había estado tenso y rígido por el frío, comenzó a relajarse, envuelta en esa calidez reconfortante que la hizo olvidar lo incómodo del viento.

Ya más tranquila, Marisa miró de reojo a Rubén. Él parecía estar decidiendo a dónde ir.

Ella rompió el silencio con un tono educado, pero con un leve matiz de distancia, algo que no era común en ella.

—¿Qué haces aquí? Qué casualidad encontrarnos así.

Rubén, sin voltearla a ver, ya había decidido su destino.

Apretó suavemente el acelerador; el rugido del motor sonaba elegante y dominante, como si anunciara que ese carro no era para cualquiera.

El vehículo salió disparado en dirección a la plaza Olmo, donde la familia Olmo tenía su casa.

—No fue casualidad. Claudio me llamó, me preocupé por ti y vine de inmediato. Por suerte estás bien.

Rubén pensó que si algo le hubiera pasado a Marisa, jamás se lo habría perdonado a Claudio.

Eso tomó por sorpresa a Marisa.

¿De verdad se preocupó por ella?

Que lo dijera así, sin rodeos, le parecía demasiado fácil, hasta falso.

—Si de verdad te preocupabas por mí, ¿entonces por qué...?

Quizá debería entenderlo, pensó. Pero, en el fondo, no podía comprender cómo, después de todo lo que había hecho, Rubén podía hablarle con esa naturalidad, como si de verdad se preocupara por ella en medio de la noche.

Rubén pisó el acelerador con más fuerza.

El rugido del carro deportivo retumbó por las calles de Clarosol, perdiéndose en la madrugada.

—Vente conmigo a casa. Hay muchas cosas que quiero decirte.

Quizá la nostalgia de esos días sin verla era demasiada. Rubén había creído que podía ser un caballero, aparecer solo cuando Marisa lo necesitaba.

Pero ahora pensaba que eso era imposible.

Desde el principio, nunca debió fingir ser un caballero.

A veces, pensó, ser directo y firme no estaba mal.

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