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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 490

Apenas había terminado de recoger su equipaje y ya se encontraba saliendo del patio de la familia Olmo.

Marisa no quería regresar esa misma noche, cabizbaja y derrotada.

—Rubén, no hace falta, con que me dejes en la galería está bien.

Puso como excusa que todavía tenía cosas pendientes allá, en la galería Jasmine.

Pero Rubén ya había tomado una decisión firme.

—Mira, ya son las dos de la madrugada en Clarosol. ¿Qué asunto urgente puede haber en la galería Jasmine a estas horas? Si de verdad tienes algo pendiente, dilo, y si no soy capaz de resolverlo, entonces ni me llamo Olmo.

Marisa arrugó la frente.

Con la determinación de Rubén, era imposible negarse.

No le quedó más que bajar la cabeza y buscar una salida digna.

—Tienes razón, a estas horas seguro que la persona con la que tenía que hablar ya está dormida.

Rubén le lanzó una mirada profunda antes de volver la vista al frente y concentrarse en el volante.

Pero decir “concentrarse” era poco. Para Marisa, más bien parecía que estaba compitiendo en una carrera.

¡Estaba corriendo a toda velocidad!

Marisa, algo inquieta, se aferró al cinturón de seguridad y le advirtió:

—Rubén, ¿no crees que vas demasiado rápido?

Rubén ni siquiera se molestó en mirar el tablero, sus ojos se entrecerraron un poco y contestó:

—No pasa nada, si nos multan yo pago la multa.

Sin embargo, en su interior, sabía que no podía esperar más para decir lo que tenía en mente.

Solo quería llegar cuanto antes al patio de la familia Olmo con Marisa, y soltarle todo lo que tenía atravesado en el pecho. No le importaba si ella quería escuchar o no, él necesitaba decirlo.

—Marisa, si te da flojera caminar estos pasos, yo te llevo cargando.

Pensándolo bien, después de todo el trabajo que tuvo en la galería durante el día, no debería dejarla caminar sola.

Sin más, Rubén la levantó en brazos, sujetándola con firmeza. En cuanto sus pies dejaron de tocar el piso, Marisa se aferró instintivamente al cuello de Rubén.

Su mejilla quedó pegada a la mandíbula de él, y pudo sentir el calor que subía desde su respiración.

Ese olor familiar, una mezcla a madera y pino, en una noche tan fría de invierno, la envolvía en una sensación de comodidad inusual.

Tal vez era su pecho, o su calor corporal, o el aroma tan agradable que siempre lo distinguía.

Los empleados ya estaban dormidos, pero en la casa principal aún permanecía encendida una lámpara de luz suave que llenaba de calidez el ambiente, como siempre ocurría.

Sin pensarlo, Marisa se acurrucó un poco más en los brazos de Rubén, deseando frotarse como una gatita bajo su barbilla.

Rubén, sin detenerse, la subió directo hasta el segundo piso...

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