Entrar Via

El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 501

Marisa negó con la mano.

—Yo no bebo esas cosas.

Davis abrió la lata sin más, y el sonido de las burbujas al subir fue nítido y refrescante.

Marisa suspiró.

—Encontrarte sí que es una odisea.

Davis, apoyado en el refrigerador, señaló un caballete en el balcón.

—Qué te digo, la inspiración me llega de noche. Además, anoche tuve el presentimiento de que vendrías a buscarme.

Marisa se sorprendió.

—¿Por qué vendría a buscarte?

Davis se encogió de hombros y sonrió con picardía.

—Porque no te ibas a acostumbrar a vivir en tu oficina.

Marisa frunció el ceño. Davis había acertado; no podía acostumbrarse a la oficina.

—El hecho de que no me quede en la oficina no significa que vaya a venir a pedirte asilo, ¿o sí? Todavía tengo algo de sentido común.

Al oírla, Davis rio con más ganas.

—¿Ah, sí? ¿Sentido común? Yo creo que no tienes. Si lo tuvieras, no habrías venido a mi casa a estas horas a interrumpir mi descanso. ¿Sabes lo horrible que fue obligarme a dormir media hora más mientras tu timbre no paraba de sonar?

Marisa se quedó sin palabras. Visto así, parecía que en verdad no tenía mucho sentido común, pero es que era urgente…

Sonrió a modo de disculpa.

—Lo siento, de verdad tengo algo urgente que hablar contigo. Te preparé una sorpresa.

Al oír la palabra «sorpresa», Davis arqueó las cejas.

—¿Qué sorpresa? ¿Acaso te divorciaste de ese viejo y no tienes a dónde ir, y de verdad vienes a rentarme la villa? Que seamos conocidos no significa que te vaya a dar un precio de amigos, ¿eh?

Marisa se llevó una mano a la frente. ¿De dónde sacaba esas ideas tan disparatadas?

Y además…

—Mi esposo no está viejo para nada.

Al escucharla, aún defendiendo a Rubén, Davis se encogió de hombros y murmuró por lo bajo:

Su talento era de ese tipo que todos en el círculo artístico envidiaban, de los que nacieron con un don divino.

Frente a una obra de Davis, Marisa se sentía completamente subyugada.

En cuanto a otros aspectos de su persona, Marisa no podía decir lo mismo.

Por ejemplo, lo de los quince minutos.

Marisa miró su reloj. Ya había pasado una hora. Estaba a punto de hacerle un agujero a la pintura de tanto mirarla, y el hombre del baño seguía sin dar señales de vida.

«¿Se habrá quedado hipnotizado viendo al Minion ese que tiene una naranja en la cabeza?».

Definitivamente, los artistas tenían sus excentricidades.

Justo cuando Marisa, ya desesperada por la espera, estaba a punto de levantarse, vio por fin a Davis salir del baño sin ninguna prisa.

Se veía mucho peor que antes, con el rostro pálido como el papel.

Apretó los labios, como si estuviera soportando algún dolor.

***

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: El día que mi viudez se canceló