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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 502

Marisa sintió que algo no andaba bien y se acercó a Davis con algo de nerviosismo.

Pero cuando estaba a un metro de distancia, Davis la detuvo.

—Quédate ahí, no te muevas. Voy a cambiarme y nos vamos.

Marisa detuvo sus pasos y no avanzó más.

Pensó que tal vez Davis se sentía mal por haber estado demasiado tiempo en la bañera, así que no le dio más importancia.

Después de esperar unos quince minutos, Davis salió del vestidor ya cambiado.

Si el abrigo de lana de doble botonadura de Rubén era como una armadura impecablemente planchada, la chamarra de plumas de edición limitada y la sudadera de marca que llevaba Davis en ese momento lo hacían parecer un chico a la moda, de los que frecuentan los bares a medianoche.

Todo él irradiaba un aire de juventud.

—¿Por qué me miras tanto? ¿Te cautivó mi cara de galán y mi estilo?

Davis arqueó las cejas, con la típica actitud de un niño rico, de esos que nunca han sufrido de verdad.

Marisa sonrió y le recordó:

—Eres tres años menor que yo.

Davis hizo su característico encogimiento de hombros.

—No importa. Dicen que una mujer mayor es un tesoro.

Marisa no estaba de acuerdo.

—Primero, no soy ningún tesoro, y segundo, no puedes tenerme. Estoy casada.

Mientras hablaban, se dirigieron al garaje de la villa.

Davis subió al carro y bromeó:

—Una jefa tan importante como la señorita Páez, y además la señora Olmo, ¿sale sin carro y sin chofer? ¿O es que el señor Olmo es muy tacaño?

Davis, en sus palabras, siempre dejaba entrever una hostilidad mal disimulada hacia Rubén.

Marisa no se molestó en explicarle lo del carro y el chofer, y simplemente dijo:

—Yo también puedo conducir. Los gastos de gasolina y el desgaste del vehículo los puede cubrir la galería.

Mientras esperaban en un semáforo, Davis ladeó la cabeza y preguntó:

—¿Con quién hablas? Pareces nerviosa.

Marisa bajó el celular con un aire de misterio.

—Con nadie.

Davis soltó un bufido. El carro entró en un pequeño camino arbolado y llegó al restaurante francés que Marisa había reservado.

Era un lugar discreto pero con mucho estilo.

Bastante apartado y respetuoso con la privacidad de sus clientes, por lo que una figura pública como Melina podía ir sin preocupaciones.

Marisa había reservado un salón privado con un ventanal. Aunque no era muy grande, la decoración y el ambiente destilaban elegancia. Desde ahí se podía ver un gran árbol de sicomoro.

Su tronco era robusto y sus ramas frondosas.

Aunque no tenía el verde exuberante y la sombra densa del verano, un árbol así también ofrecía un paisaje agradable en invierno.

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