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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 523

Por mucha prisa que tuviera, tenía que desayunar, y más si se lo había traído Rubén.

Marisa comía dentro del carro, sin darse cuenta de que, justo enfrente, otra camioneta se había detenido y, desde su interior, unos ojos la observaban fijamente.

—Melina, ya llegamos. Deja que te muestre el cronograma de hoy.

A Melina no le interesaba mucho ver el cronograma.

Últimamente, una de sus series de época se había vuelto un fenómeno, y su popularidad estaba por las nubes. La agencia la había mandado allí simplemente para aumentar el rating del programa.

No le apetecía esforzarse; con hacer acto de presencia era suficiente.

En ese momento, había algo que captaba mucho más su interés.

Señaló hacia el otro lado de la calle.

—Julia, ese carro me resulta muy familiar.

Su asistente, Julia, levantó la vista y, al reconocerlo, supo que el día se iba a complicar.

—Es… el carro que usted intentó encargar la semana pasada y no consiguió.

Y no era que no hubiera existencias, sino que la marca se había negado a vendérselo con la excusa de que el estatus de Melina no era lo suficientemente alto.

Al confirmar que era el mismo carro que ella quería, el rostro de Melina se ensombreció.

En una era donde la popularidad lo era todo, su posición en la industria era casi inalcanzable.

Que alguien más consiguiera un carro que ni siquiera ella podía obtener, y además tan rápido, era una bofetada en toda regla.

Melina golpeó el interior de la camioneta.

—¿Pero qué demonios les pasa? ¿Acaso no saben quién soy? Si ni yo puedo tener ese carro, ¿qué otra mujer en Clarosol podría?

Su mirada destilaba arrogancia e ira.

Julia quería consolarla.

Pero pensándolo bien, si le decía que en Clarosol no solo había estrellas de cine, sino también gente con mucho poder económico, solo conseguiría enfadarla más.

Así que decidió callarse.

No le caía bien Marisa.

Al fin y al cabo, no solo había quedado en ridículo, sino que también le había hecho perder el tiempo, la había metido en un lío y la había dejado mal parada.

Melina respondió con una sonrisa forzada.

—Hola.

—Tú también vienes a participar en el programa, ¿verdad? Si no me equivoco, debes de ser la invitada sorpresa.

Marisa intentó romper el hielo.

Pero a Melina no le interesaban sus preguntas.

Marisa no estaba en su lista de contactos importantes.

Así que, perdiendo la paciencia, sus palabras se volvieron afiladas.

—No te equivocas, pero yo sí que me equivoqué contigo. Después del numerito que montaste en el restaurante, al final conseguiste lo que querías con ese pintor. Parece que tienes tus mañas. Lo que me pregunto es qué clase de mañas usaste para conseguir ese carro.

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