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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 534

Sí, era una pequeña victoria, pero Marisa tuvo un mal presentimiento.

Le devolvió el teléfono a Davis.

—En el futuro, no le hagas caso a gente así. Cuanto más caso le hagas, más insistirá.

Davis recuperó su teléfono, arqueando una ceja con un tono de absoluto desdén.

—¿Y gente como ella pretende conseguir una invitación para la exposición de invierno? ¿Acaso tiene el nivel?

Davis siguió a Marisa a su oficina y se fijó en el bolso que llevaba ese día.

El bolso de piel de cocodrilo colgaba de un pequeño y elegante perchero de madera.

Davis reconoció el modelo al instante; últimamente estaba muy de moda.

Se decía que era el accesorio imprescindible de las esposas de los millonarios.

La llave para entrar en ese círculo exclusivo.

Su altísimo valor, sumado a la increíble cantidad de compras adicionales requeridas para conseguirlo, lo había convertido en un clásico.

Después de toda esa publicidad, el bolso era aún más difícil de conseguir.

Davis bromeó:

—Melina, por muy famosa que sea últimamente, parece que vive en su propio mundo.

Porque solo alguien que no puede permitirse un bolso así sospecharía que el de los demás es falso.

Marisa sonrió. Melina no le interesaba mucho.

Sin embargo, recordó el malentendido y, curiosa, levantó la vista hacia Davis.

—¿Por qué se rumoreaba que eras un gran fan de Melina? Recuerdo que Sabrina me enseñó una foto de tu cuenta secundaria donde aparecía su autógrafo.

Davis se encogió de hombros con resignación y, frunciendo los labios, la miró.

—Fue un malentendido monumental. Justo ese día, un amigo que conocí mientras estudiaba en el extranjero estaba en Clarosol y vino a verme. El autógrafo era algo que se le había olvidado.

Dicho esto, miró la hora en su reloj deportivo.

—¿Cenamos juntos esta noche? Ya casi es hora de salir.

Marisa, con la vista fija en los contratos que tenía en la mano, respondió sin levantar la cabeza:

—Tengo una cena de negocios con Vino Tranquilo.

En Clarosol, en invierno, anochecía muy temprano.

Ya empezaba a oscurecer.

—Hoy me temo que no va a poder ser. Tengo una cena de negocios.

Rubén entrecerró los ojos. ¿Quién se atrevía a invitar a la señora Olmo a una cena de negocios?

—Si no puedes rechazar esa cena, lo haré yo por ti.

Marisa suspiró.

—Rubén, si lo haces, mi única profesión será la de ser la señora Olmo.

Rubén sonaba un poco dolido.

—Vale, entendido. Pero de verdad que quiero volver a casa contigo.

Marisa lo calmó pacientemente durante varios minutos hasta que su tono lastimero se suavizó.

Marisa se burló de él.

—¿Desde cuándo te has vuelto un niño que se queja por todo?

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