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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 573

Marisa negó con la cabeza.

—Lo siento, señor Loredo, pero mi esposo y yo hemos decidido mantener nuestro matrimonio en privado por ahora. De verdad, lo siento mucho.

Lorenzo perdió el ánimo de repente y forzó una sonrisa.

—Está bien, de acuerdo, respeto tu decisión. Los fuegos artificiales tampoco son imprescindibles.

Dicho esto, Lorenzo abrió la puerta de su carro.

Marisa se quedó de pie a un lado, con una actitud respetuosa, y le hizo una reverencia.

—Adiós, señor Loredo.

Lorenzo sonrió con rigidez.

—Adiós.

Tras cerrar la ventanilla, Lorenzo recibió una llamada de su asistente.

—Señor Loredo, me informan del restaurante que la señorita Páez ya pagó la cuenta.

La cuenta por reservar un restaurante de lujo no era barata.

Además, Lorenzo estaba preparado para pagarla.

Volvió a poner el carro en modo de estacionamiento, abrió la puerta y miró a Marisa, que se estaba dando la vuelta.

—Señorita Páez, ¿ni siquiera me da la oportunidad de invitarla a cenar? ¿Ya pagó la cuenta?

El rostro de Marisa estaba lleno de cortesía y distancia.

—Señor Loredo, esta noche ya me ha ayudado mucho. Si yo le pedí un favor y encima lo dejo pagar, sería muy desconsiderada de mi parte.

Lorenzo miró a Marisa, que estaba a no más de tres o cuatro metros de él.

Aunque estaba justo delante, Lorenzo sentía que nunca había estado cerca de ella.

Una sensación de impotencia creció en su interior.

Suspiró suavemente. Marisa le daba la sensación de ser como un puñado de arena que no se puede retener.

Parecía que la tenía en sus manos, pero nunca había logrado aferrarla.

Finalmente, Lorenzo solo pudo sonreír con resignación, pero una pizca de desgana persistía. Intentó preguntar:

—Señorita Páez, los muros que ha construido a su alrededor, ¿su esposo puede acercarse a usted?

Bromeó:

—La señora Olmo no dejaba de quejarse de que este anillo era demasiado valioso y no quería usarlo. ¿Por qué has decidido ponértelo para salir hoy?

Marisa colocó el celular en el soporte y sonrió misteriosamente.

—No te lo voy a decir.

Rubén sonrió con complicidad.

Aunque Marisa no se lo dijera, él sabía por qué.

Después de todo, cuando te importa lo suficiente, puedes adivinar los pensamientos de esa persona.

Rubén pensó que, quizás, ese anillo era la excusa para rechazar a Lorenzo.

Como una puerta blindada que dejaba a Lorenzo fuera.

Rubén no pudo evitar decir:

—Esposa, qué bien te portaste. Me encantas.

***

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