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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 618

Rubén leyó el mensaje con el ceño fruncido.

Miró con ternura a Marisa, que dormía profundamente en el sofá. Por suerte, no se había quitado la manta.

Dejó el celular a un lado, sin intención de responder a ese mensaje personal.

En su lugar, se dedicó a terminar el trabajo que tenía pendiente.

***

El avión tenía previsto aterrizar en el aeropuerto de Clarosol a las siete y media, hora local.

Una azafata llamó a la puerta de la cabina. Rubén abrió rápidamente, pero se llevó un dedo a los labios para pedir silencio.

—La señora Olmo sigue descansando. Yo la despertaré.

—Entendido, señor Olmo —respondió la azafata, asintiendo con un gesto de «OK».

Tras cerrar la puerta, Rubén se giró y su mirada se posó en el rostro de Marisa.

Debía de estar realmente agotada para dormir tan profundamente.

Se acercó al sofá y, agachándose, le acarició la mejilla.

—Señora Olmo, es hora de levantarse. Ya hemos llegado a Clarosol.

Marisa emitió un quejido, se dio la vuelta y siguió durmiendo.

Una sonrisa cariñosa asomó a los labios de Rubén.

El resplandor rojizo del atardecer se extendía sobre la pista de aterrizaje, tiñendo todo de una belleza familiar y acogedora.

Se inclinó y besó suavemente a la durmiente, sus labios viajando hasta el lóbulo de su oreja.

—Señora Olmo, si sigues durmiendo, no podrás conciliar el sueño por la noche.

Marisa frunció el ceño y abrió los ojos lentamente. Miró a Rubén con ojos somnolientos y luego, confundida, miró por la ventana.

—¿Ya llegamos? Qué rápido. ¿Dormí mucho?

—No mucho, solo un par de horas —respondió Rubén, acariciándole el pelo.

Marisa bajó la vista y se dio cuenta de que solo la cubría una manta.

Estaba completamente desnuda.

***

Rubén la acompañó hasta la sala de llegadas.

Pero allí, tenían que despedirse.

En el avión, el ambiente de despedida no había sido tan intenso.

Ahora, entre el ir y venir de la gente, en medio de la multitud, la separación se sentía real.

El semblante de Rubén perdió su ligereza.

Apretó los labios y respiró hondo.

Al ver en su expresión que no le gustaban las despedidas, Marisa sonrió y le pasó la mano por la frente para alisar las arrugas de su ceño.

—No te preocupes, volverás en cuanto termines.

—Espérame en Clarosol —dijo Rubén, bajando la mirada y tomando la mano de Marisa con renuencia—. Terminaré el trabajo de allá lo antes posible y volveré de inmediato.

***

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