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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 622

El invierno en Clarosol traía consigo un frío penetrante.

Las hojas de los árboles del jardín cambiaban de color a una velocidad asombrosa, aunque los podocarpos perennes conservaban su verde esmeralda.

Fuera de ese frío intenso, era difícil percibir que el invierno ya había llegado.

Marisa bajó del carro e invitó a Fabiana a pasar a su casa.

—Todavía tengo que volver a la galería para una junta con el equipo. Otro día con más calma te visito.

Tras ver cómo el carro de Fabiana se alejaba, Marisa se dio la vuelta.

Las luces de la casa principal estaban encendidas.

Desde una distancia de más de diez metros, Marisa podía distinguir siluetas moviéndose en el interior.

Sintió curiosidad. Normalmente, a esa hora, los empleados de la casa ya habrían salido a ayudarla con el equipaje.

Pero en ese momento, el silencio era inusual.

Marisa aceleró el paso hacia la entrada.

Tenía un olfato muy sensible. En el instante en que un perfume desconocido invadió sus fosas nasales, supo que había visitas.

Los empleados no usaban fragancias tan intensas.

Al entrar en la sala, Marisa escuchó una voz de mujer desconocida, joven y nítida.

—Sofía, tantos años sin verte y no has envejecido nada. Sigues viéndote tan joven.

Una sonrisa forzada se dibujó en el rostro de Sofía, pero se desvaneció en cuanto vio a Marisa.

—¡Señora! ¡Qué bueno que ya regresó!

Marisa le devolvió la sonrisa a Sofía.

—Sí, acabo de llegar.

Sofía corrió hacia ella con entusiasmo y tomó el poco equipaje que Marisa traía.

—Mandé al chofer a recogerla, pero no lo vi regresar y usted ya está aquí. Qué rápido…

Marisa mantuvo la sonrisa en sus labios.

—Me trajo una compañera de la galería. Aprovechamos para hablar de trabajo en el camino.

Marisa estaba desconcertada.

Como si hubiera leído la expresión en los ojos de Marisa, Macarena tomó la palabra.

—Tú debes de ser la esposa de Rubén, Marisa, ¿verdad? Hola, soy Macarena, su amiga de la infancia.

Macarena se presentó, pero la postura de ambas era desigual: Marisa estaba de pie, mientras que Macarena permanecía sentada.

Y no solo sentada, sino con una naturalidad pasmosa, como si fuera la dueña de la casa.

Su mirada, ligeramente altiva y con un toque de desdén, recorrió a Marisa de arriba abajo, como si esperara encontrarle algún defecto.

Amiga de la infancia.

Al escuchar esas palabras, Marisa frunció el ceño.

Ese tipo de términos, sobre todo cuando aparecían en momentos como este, resultaban irritantes.

Originalmente, era una expresión hermosa.

Marisa no quería juzgarla con la peor de las intenciones, así que, hasta que la otra revelara su hostilidad, mantendría una actitud cordial.

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