Víctor le masajeó los hombros a Yolanda.
—Seguro es porque estás alterada por lo de la familia Cruz. Relájate. Ahora que ambos estamos retirados y nuestra hija se ha vuelto a casar con un hombre que la adora, ¿qué más nos puede preocupar?
El consuelo de Víctor pareció surtir efecto en Yolanda.
Bebió un sorbo de té y comentó con una sonrisa irónica:
—Me temo que ahora nuestros mayores problemas son tus parientes.
Al mencionar a sus propios familiares, Víctor no pudo evitar sentirse impotente.
—Mis parientes... de verdad que no tienen vergüenza. Cuando tuve el accidente, todos querían desvincularse de nosotros. Ahora que Marisa por fin está bien, se apresuran a querer aprovecharse de ella. ¡Qué ridículo! Solo tenemos una hija, nuestra querida Marisa. ¡Si quieren explotarla, tendrán que pasar sobre mi cadáver!
Yolanda dejó la taza y le tapó la boca con los dedos.
—Víctor, no digas esas cosas de mal agüero, ¿qué es eso de pasar sobre tu cadáver...?
Yolanda cambió de tema.
—Víctor, Marisa dijo que vendrá a vernos cuando termine su trabajo. Creo que mañana deberíamos ir al supermercado. Ya se acercan las fiestas, tenemos que empezar a comprar las provisiones.
***
Marisa estaba sentada a solas en el estudio.
Esperaba en silencio el regreso de los señores Olmo.
Pero la residencia Olmo permanecía en una quietud absoluta.
Miró la hora en su teléfono: casi las nueve.
Y en Luminosa, donde estaba Rubén, había una hora de diferencia; allí eran casi las ocho.
«¿No debería haber terminado ya?», pensó.
«Por muy ocupado que esté, tiene que comer, ¿no?»
Con esa idea en mente, Marisa llamó a Rubén.
Como las veces anteriores, nadie contestó.
Al ver las palabras «llamada no contestada» en la pantalla de su chat con Rubén, Marisa sintió un nudo en el pecho.
Tomó aire y llamó al asistente de Rubén, José.
Marisa mantuvo un tono amable.
—No te preocupes. ¿Y el señor Olmo?
José hizo una pausa. Tras unos tres o cuatro segundos, respondió:
—El señor Olmo todavía está en una reunión.
Al oír esto, Marisa frunció el ceño con fuerza.
—José, por favor, vigílame al señor Olmo. Por muy ocupado que esté, tiene que comer, ¿no?
José se quedó perplejo por un momento.
—No se preocupe, señora Olmo, el señor Olmo está comiendo a sus horas. Aunque lo hace mientras sigue trabajando.
Marisa respiró hondo. Nunca había estado muy al tanto de los asuntos laborales de Rubén.
Pero era la primera vez que lo sentía tan abrumado por el trabajo.
—Bueno, mientras esté comiendo bien, está bien —dijo Marisa, haciendo una pausa. Extrañaba el sonido de la voz de Rubén—. Oye... José, ¿crees que podrías pasarle el teléfono al señor Olmo un momento? Solo quiero saludarlo, no le quitaré mucho tiempo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El día que mi viudez se canceló
Mas capítulos 🥲🙏...
Mas capítulos plis 🫠...
👋🫰...
Más capítulos 🤗...
Más capítulos plis 🙏...
Está buena la trama 🫰...
Mas capítulos plis 🙏...
Me encanta esta aplicación 😊 muchas gracias por subir la novela 😊...