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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 653

Marisa caminaba sobre la nieve, y Davis la seguía, sus pisadas más grandes cubriendo las de ella.

En cuanto subieron al carro, Marisa encendió la calefacción al máximo y, encogiéndose de hombros, se quejó:

—¿Por qué hace tanto frío en Clarosol este año?

—Yo, que soy de Terranova, ni siquiera me quejo del frío, y tú ya estás protestando... —replicó Davis con desdén.

Por alguna razón, Marisa sentía que este año el frío era especialmente intenso. Un frío que calaba hasta los huesos.

—Tienes razón —concedió ella, algo avergonzada—. Tú creciste en Terranova, donde prácticamente siempre es verano, y no sientes frío. Y yo, que soy del norte, me estoy quejando.

Al verla murmurar para sí misma, Davis sintió una ternura especial, pero se esforzó por mantener su mirada contenida.

El carro arrancó lentamente. Como el camino estaba nevado, Marisa conducía con mucha precaución.

Davis no pudo evitar quejarse de nuevo.

—¿Manejando tan despacio? ¿Acaso no quieres que me vaya de viaje? —Verificó la hora de despegue de su vuelo. Aunque no corría el riesgo de perderlo, ella sí que iba demasiado lento.

—La seguridad es primero, algo que los niños como tú no entienden —dijo Marisa con indiferencia, sin apartar la vista del camino.

—Bah —resopló Davis—. Solo soy dos años menor que tú.

Marisa lo miró de reojo.

—¿Y ser dos años menor no es ser menor?

Davis, sin querer seguir con esa discusión, cambió de tema.

—Ya estamos en plenas fiestas de fin de año, ¿y el señor Olmo sigue trabajando? ¿No va a pasar estos días contigo?

Faltaba menos de una semana para la celebración principal. En los últimos días, Rubén seguía sin contestar las llamadas de Marisa. Las pocas veces que alguien respondía, era su asistente, José, para explicarle que el señor Olmo estaba muy ocupado.

Marisa se encogió de hombros.

—No me lo estoy tomando a la ligera. ¿No ves que te estoy dando las gracias?

Davis hizo un puchero.

—Pero no eres sincera. Si de verdad tuvieras la intención de usar mi dinero, eso sí sería un agradecimiento. Es obvio que no piensas hacerlo.

Al ver que Davis estaba claramente molesto, Marisa se rio.

—¿No deberías alegrarte de que no piense usar tu dinero? Al fin y al cabo, nadie puede asegurar al cien por ciento si invertir en Jasmine será una ganancia o una pérdida.

—A mí me encanta esa sensación de no saber si voy a perder o a ganar.

—Entonces lo que te gusta es la emoción de apostar —murmuró Marisa—. Y eso no es bueno.

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