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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 797

El celular en la mesa emitió un pitido. Era un mensaje de su madre.

Le dio un vistazo; Yolanda seguía insistiendo en que Rubén les devolviera la llamada urgentemente.

Al parecer, de verdad estaban muertos de miedo por él.

—No sé de dónde sacaron a ese vidente —murmuró Marisa para sí misma—. Todo el mundo puede pasar por una mala racha, pero, ¿Rubén? Con la cantidad de dinero que tiene...

Después de quejarse, Marisa se levantó, caminó hacia la puerta de la sala de descanso y la abrió.

Allí se encontró a Rubén y a su asistente de pie en el pasillo. Para su sorpresa, Mónica ya no estaba por ningún lado.

Los ojos de Marisa se posaron en Rubén.

—Entra.

Rubén se quedó atónito, pero el que estaba completamente estupefacto era José.

Jamás en su vida había visto a alguien atreverse a hablarle a su jefe con esa actitud.

Tan mandona.

Si cualquier otra persona se hubiera atrevido a tratarlo así, ya estaría bajo tierra. Pero al tratarse de la señorita Páez, el gran señor Olmo actuó como un cachorro obediente y entró dócilmente a la habitación.

Marisa caminó con naturalidad hacia el sofá, tomó su celular de la mesa de centro, lo desbloqueó y se lo arrojó a Rubén.

Literalmente, se lo arrojó.

Rubén tuvo que dar un paso rápido y juntar las manos para evitar que el aparato se estrellara contra el piso.

Con el celular en las manos, seguía sin entender qué estaba pasando. La miró con evidente confusión.

—¿Qué sucede? ¿Se te rompió? Le diré a José que te consiga uno nuevo.

Bajo la luz del sol, su perfil iluminado le dio a Marisa una extraña ilusión.

Por un instante, pareció que Rubén volvía a ser el de antes: atento, tierno y romántico.

Rubén levantó la mirada, confundido, hacia Marisa.

Ella frunció el ceño, se acercó, cubrió el micrófono del celular y le susurró:

—Mis papás fueron a ver a un vidente hoy. Les dijo que tendrás una crisis este año y que podrías morir. Están muertos de miedo.

Una chispa de conmoción brilló en los ojos de Rubén. Cuando volvió a hablar por teléfono, ya había recompuesto su expresión.

—Sí, Marisa me lo contó. Mamá, no crea en esas cosas. Estoy mejor que nunca, usted solo cuídese mucho y quédese tranquila.

Yolanda dejó escapar un largo suspiro de alivio.

—Qué bueno, qué bueno. Entonces esperaremos a que terminen sus pendientes en Terranova para que vengan a cenar a la casa.

Rubén miró a Marisa y luego respondió con una promesa firme y serena.

—Así será.

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