Rubén respiró hondo e intentó usar las manos para apartar los brazos de Marisa que lo apresaban por la cintura, pero tras un par de intentos, se dio cuenta de que ella estaba usando toda su fuerza. No tenía la menor intención de dejarlo ir.
Siempre había sido un caballero, por lo que jamás usaría la fuerza bruta contra ella. Y la cruda realidad era que, en ese momento, ni siquiera tenía la energía suficiente para soltarse por más que quisiera.
Aunque se esforzaba por ocultar su extrema debilidad para que ella no lo notara, él conocía perfectamente sus propios límites.
Al final, soltó un suspiro de rendición.
—No me iré. Pero suéltame primero.
Marisa se negó a aflojar el agarre. Había llegado a una conclusión brutal: las mujeres dóciles y obedientes solo ganaban elogios vacíos, mientras que las mujeres irracionales y caprichosas lo conseguían todo.
Había decidido que nunca más volvería a ser esa chica dócil y comprensiva.
Como le había dicho Sabrina alguna vez: la etapa de rebeldía de los demás ocurre a los quince años; la de Marisa estaba llegando a los treinta.
—No me suelto —sentenció, con una firmeza inquebrantable.
Rubén la miró con infinita resignación. Bajó la vista hacia las manos de ella.
Estaba apretando con tanta fuerza que sus nudillos se habían puesto blancos.
Sintió una punzada de ternura en el pecho.
Suavizó su tono y preguntó con dulzura:
—Marisa, no me iré, te lo prometo. Pero dime, ¿para qué quieres que me quede aquí?
Ella parpadeó con inocencia. Al escuchar que no huiría, se puso de pie de un salto y se paró frente a él, mirándolo a los ojos.
—¡Para dormir conmigo!
Rubén se quedó paralizado. Aunque por dentro el mundo se le venía abajo, su rostro mantuvo una compostura impecable.
—De acuerdo. Me quedaré a dormir contigo.
Dicho esto, comenzó a caminar con paso lento hacia la cama.
Pero Marisa frunció el ceño y se quedó inmóvil, quejándose con tono caprichoso.
—Rubén, hueles demasiado a medicina.
Él se tensó, como si acabaran de descubrir su secreto mejor guardado.
Fingiendo calma, se giró hacia ella.
Marisa se encogió de hombros, restándole importancia.
—Si lo buscas a él, búscalo a él. ¿Qué vienes a hacer a mi puerta? ¿No tienes su número? ¿Acaso no sabes usar un teléfono para llamarlo?
Mónica frunció el ceño, mirándola con la misma condescendencia con la que un adulto mira a una niña malcriada.
—Ya lo llamé, pero su teléfono está apagado.
Por la mente de Marisa cruzó la imagen de ella abrazando a Rubén momentos antes, robándole el celular del bolsillo sigilosamente y apagándolo sin que se diera cuenta.
—Pues si su teléfono está apagado, significa que no quiere verte o que no quiere que lo encuentres, ¿no crees?
Tras decir eso, hizo el ademán de cerrar la puerta, pero Mónica metió la mano para impedirlo.
—Marisa, te lo advierto. Haz que Rubén salga de inmediato, o las consecuencias serán peores de lo que puedes imaginar.
Marisa soltó una risa gélida.
—¿Qué consecuencias? A ver, cuéntame. ¿Acaso va a quebrar el Grupo Olmo o se va a morir Rubén?
Sus palabras destilaban sarcasmo; era evidente que las advertencias de Mónica le importaban un bledo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El día que mi viudez se canceló
Mas capítulos 🥲🙏...
Mas capítulos plis 🫠...
👋🫰...
Más capítulos 🤗...
Más capítulos plis 🙏...
Está buena la trama 🫰...
Mas capítulos plis 🙏...
Me encanta esta aplicación 😊 muchas gracias por subir la novela 😊...