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El día que mi viudez se canceló romance Capítulo 900

Mónica intentó mantener la mano trabada en el marco, pero Marisa la apartó con un empujón seco y firme.

La miró con una sonrisa gélida y vacía.

—Si no te largas ahora mismo, señorita Noriega, llamaré a la seguridad del hotel.

En el rostro de Mónica se leía la frustración de quien se niega a perder, pero la actitud implacable de Marisa le dejó claro que, por más que intentara forzar la entrada, no iba a lograr cruzar esa puerta.

A menos que...

A menos que le confesara la verdad de la situación.

Los ojos de Mónica vacilaron, estuvo a punto de hablar, pero las palabras murieron en sus labios.

Tras un par de segundos de tenso silencio, dijo con gravedad:

—No vas a poder cargar con las consecuencias de esto, Marisa.

Marisa soltó una carcajada seca y le cerró la puerta en las narices de un portazo.

¿Acaso creía que podía asustarla?

No había nacido ayer.

Tarareando su canción, caminó de regreso y se recostó en el sofá, dispuesta a esperar a que Rubén terminara de ducharse.

El vapor empañaba el cristal del baño. De pronto, Marisa sintió que la garganta se le cerraba y sus mejillas comenzaron a arder.

No era por culpa de ninguna fantasía indecorosa, sino por haber pasado tantas horas congelándose bajo la tormenta. La fiebre había llegado.

Cuando Rubén por fin salió del baño, la encontró recostada en el sofá, aparentemente dormida.

Se quedó paralizado por un segundo. Había imaginado que esa noche se desataría una guerra de reproches, pero la mujer que momentos antes se comportaba como una gata salvaje, ahora descansaba plácidamente en silencio.

Una sonrisa tierna apareció en sus labios.

—¿No estabas exigiendo tantas cosas hace un momento? Mírate, apenas me doy un baño y ya caíste rendida —murmuró para sí mismo.

Se vistió con un traje perfectamente planchado, preparándose para irse en silencio. Antes de dar el primer paso, no pudo evitar clavar la mirada en ella.

¿Cómo era posible que hasta durmiendo se viera tan hermosa con ese rubor en las mejillas?

Esa fascinación duró solo un instante antes de que la alarma se encendiera en sus ojos. Se acercó a ella rápidamente, inclinándose para ponerle la mano en la frente.

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