El ánimo de Estefanía había mejorado notablemente. Fue a la universidad, dio un paseo por el centro comercial y se entretuvo mirando ropitas para bebé en varias tiendas; todo esto acompañada por un guardaespaldas, por supuesto, porque Cristian verdaderamente no pensaba dejarla salir sola.
Ella no se desanimó por esto, aunque la idea de ser vigilada no le gustaba. Acarició aquellas prendas diminutas con la mirada perdida, sin atreverse a comprar nada.
Todavía no sabía si sería niño o niña y… era demasiado pronto para compras de ese estilo.
Regresó a casa únicamente con un conejito de peluche color crema al que simplemente no pudo resistirse.
Estefanía lo acariciaba con ternura acostada en la cama, esperando a que Cristian saliera del baño.
Al poco tiempo, la puerta se abrió y el hombre apareció vistiendo solo unos bóxers, secándose el cabello con una toalla.
—¿Aún despierta? —preguntó, arqueando una ceja con tono ligero mientras se acercaba a la cama.
Ella asintió despacio.
Y entonces su esposo fijó los ojos en lo que sostenía, extendiendo la mano para tomarlo, sopesándolo con curiosidad.
—¿Esto lo compraste hoy?
—Ujum —respondió ella, mirándolo de reojo con un toque de picardía—. Es para el bebé... o quizás para mí.
Él sonrió apenas, mientras le decía con suavidad:
—Quédatelo. Luego le compramos otro.
—No —negó, sintiéndose indecisa. Le había costado tanto decidirse; se suponía que era para el niño—. Se supone que este es especial. Es la primera cosita que le compro.
—Es solo un muñeco —respondió él, dejándolo a un lado sobre la cama mientras se subía e inclinaba sobre ella—. No te compliques la cabeza por eso. Cuando sepamos qué va a ser, nos encargamos de armarle el cuarto con todo lo que necesite.
—Falta mucho para eso… —No pudo evitar hacer un puchero.
El hombre quedó suspendido sobre ella, mirándola fijamente, mientras sus pupilas se dilataban hasta engullir el iris, encendiendo en sus ojos una fascinación oscura, casi salvaje.
Alzó una mano y le rozó la mejilla con el dorso.
—Falta menos de lo que crees —murmuró despacio—. Si tanto te gusta, guárdalo. Compra diez más si quieres.
—No me refiero a eso… Es absurdo malgastar —replicó ella en desacuerdo.
Él bufó.
—Mi mujer preocupándose por dinero... ¿Acaso eso ha sido un problema alguna vez?
La verdad era que no, pero eso no significaba que iba a hacer gastos excesivos.
Estefanía suspiró hasta que se dio cuenta de que esta conversación no era más que otra forma de ignorar los verdaderos problemas.
Lo miró a los ojos, mordiéndose apenas el labio inferior con duda antes de preguntar:
—Cristian... ¿Qué pasó con Graciela?
La expresión de su esposo no varió. Se limitó a decir con simpleza:
—Te dije que lo resolvería.
Ella se enderezó mejor en la cama, sosteniendo su mano entre las suyas para que dejara de tocarla por un momento.
—¿A qué te refieres con eso?
—Ya no habrá más salidas nocturnas.

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