—Javier, ven, siéntate, quiero hablar sobre algo —le dijo Estefanía a su hermano esa mañana.
El rostro del muchacho se puso rígido al instante y ella rió suavemente, sacudiendo una mano.
—¿Por qué esa cara? —se burló al ver que Javier parecía haber sido atrapado en alguna travesura, aunque, claro, no era el caso—. No es nada malo.
Ella lo llevó hasta el sofá sosteniendo su mano y lo hizo sentar a su lado.
Una vez estuvieron sentados muy cerca, Estefanía sonrió dulcemente, detallando el rostro serio y apuesto del joven.
No pudo evitar extender la mano y acariciar su mejilla, sorprendiéndose al sentir la sombra casi imperceptible del vello fino que empezaba a despuntar en su piel. Era evidente que se había rasurado.
«Su hermanito ya se rasuraba», pensó de repente, abriendo los ojos con asombro.
¿Cuándo aprendió?
¿Quién le enseñó?
Ella ni siquiera era capaz de hacer esas preguntas, demasiado desconcertada por aquel rostro cuyas facciones infantiles habían pasado a la historia. Su mandíbula era angulosa, firme, y sus hombros se veían más anchos bajo el uniforme escolar.
Antes de que pudiera perderse más en sus pensamientos, Javier atrapó su mano y la apartó con delicadeza.
—Dime ya de qué trata —exigió, sosteniéndole la mirada sin parpadear.
—Ah, Javier, yo…
Y entonces, de la nada, una idea descabellada pasó por su cabeza.
—Javier... —tragó saliva, retorciéndose los dedos—. ¿Tú... tú tienes novia?
El muchacho frunció el ceño como si hubiera esperado escuchar cualquier cosa menos eso.
Ella no podía culparlo; tampoco tenía pensado soltar semejante pregunta. Pero se le ocurrió a último momento, cuando se dio cuenta de que iba a contarle sobre su embarazo, pero desconocía completamente la vida sentimental de su hermano, que, ciertamente, ya no era un niño y estaba en una edad donde las hormonas solían desbocarse.
¿Y si tuviera una novia?
¿Y si por nadie hablarle del tema la embarazaba?
La preocupación la asaltó de repente, siendo consciente entonces de que debería haberle dado esta charla hacía muchísimo tiempo.
—Escucha, Javier... es importante —comenzó ella, atropellándose con las palabras mientras sentía las mejillas arder—. Digo, si tienes o llegas a tener una novia... hay cosas que debes saber. Cosas de hombres. Como... los métodos anticonceptivos.
Javier parpadeó, completamente desconcertado.
—Los condones, por ejemplo —soltó, moviendo las manos en el aire—. Tienes que usarlos siempre, sin excepción. Y... y vienen por tallas, ¿sabías? No todos son iguales, tienes que asegurarte de comprar la correcta para que no se rompa ni se salga. Se desenrollan hacia un solo lado, no vayas a ponerlo al revés, y... ¡ah!, debes apretar la puntita para que no quede aire atrapado, porque si queda aire…
—¡Ya basta! —la interrumpió Javier—. Ni una sola palabra más, Estefanía. Basta.
Ella se mordió el labio inferior antes de decir tímidamente:
—¿Prefieres que Cristian te lo explique? Podría decirle que…

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