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El juguete del abogado romance Capítulo 132

Esa mañana, Javier salió muy temprano al colegio como de costumbre, o como pensaba su hermana.

La realidad era que le habían propuesto un negocio y pensaba ir a darle un vistazo.

No pudo evitar mirar hacia atrás varias veces, notando el auto negro que lo seguía a cada paso.

Él podría haberse ido en carro, su hermana le había regalado uno, pero todavía no tenía licencia ni la mayoría de edad. Sin embargo, prefería el autobús por una razón simple: la daba opciones.

Esperó el punto ciego perfecto. En cuanto el autobús se detuvo en un semáforo congestionado, Javier se coló entre la muchedumbre y bajó por la puerta trasera.

Se mezcló en la masa de gente de la acera antes de que los del auto negro, atrapados tres carros atrás en el tráfico, siquiera notara que él había bajado.

Cuando estuvo lo suficientemente lejos, se quitó la camisa del instituto, y se dejó solo la franela azul oscuro que llevaba debajo. Encendió un cigarrillo y caminó con normalidad, completamente seguro de que ya no lo seguían.

Dobló la esquina con la vista fija en la pantalla de su teléfono, buscando la dirección del negocio donde había quedado de verse con aquellos tipos, cuando chocó de frente contra alguien.

Al instante, un montón de folletos volaron por el aire y cayeron sobre la acera.

—¡Lo siento, lo siento tanto! —se disculpó una voz femenina, apurada y conocida.

Javier frunció el ceño observando a la pequeña chica agachada, recogiendo todo con manos temblorosas. Su rostro era… familiar.

De repente la recordó y se apresuró en ayudarla.

—Mayas, ¿qué haces aquí?

Se agachó frente a ella, estirando el brazo para agarrar un puñado de volantes desperdigados por el suelo. Justo en ese segundo, sus dedos rozaron la mano de la chica. Maya dio un pequeño brinco, retirando la suya como si el gesto la hubiera quemado.

Los ojos de la chica eran enormes y castaños, pero solo lo miró eso, un parpadeo, antes de afincarse la gorra hasta el borde de las cejas, intentando esconder el rostro.

Javier la escaneó de arriba abajo, detallando con confusión la franela descolorida que le quedaba grande y esos tenis gastados que pedían a gritos un reemplazo.

—¿Estás trabajando? —preguntó él, señalando con la barbilla el desastre de papel en la acera—. No entiendo... ¿no se suponía que te habían adoptado?

Ella bajó la cabeza, evitando su mirada. Se retorció las manos, evidentemente nerviosa.

—Javier... es una larga historia —murmuró con la voz baja y temblorosa

Él no dijo nada en ese instante. Terminó de recoger hasta el último papel arrugado, los juntó todos y se puso de pie, ofreciéndole una mano para impulsarla.

—Cuéntamela —le dijo, sosteniendo la pila de folletos para que no se le volviera a caer.

Maya aceptó la ayuda para levantarse, pero soltó su mano tan rápido como pudo.

—Mi mamá adoptiva murió hace unos años... —soltó en un suspiro—. Ahora... estoy solo con mi papá.

Al decir lo último, ella no encontró sus ojos y pudo ver el borde de los mismos enrojecidos, como si llevara días aguantando el llanto o durmiendo poco.

—¿Él te mandó a trabajar? —preguntó, clavándole la mirada—. ¿Te está haciendo algo, Maya?

La chica se sobresaltó, negándolo todo:

—¡No, no! —se apresuró a decir, agitando las manos—. La situación económica está muy mala, es solo eso. Solo... estoy reuniendo para pagar mis estudios.

Javier contempló el rostro asustado de Maya y, aunque no le creyó una sola palabra, entendía demasiado bien lo que era estar contra la pared.

Capítulo 132 1

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