Estefanía observó la hora en su teléfono: 7:50 PM.
Estaba sentada en el comedor del departamento, completamente sola, sintiéndose extraña de que Javier todavía no hubiera llegado.
Últimamente el chico se retrasaba, pero al menos siempre le dejaba un mensaje.
Ese día, en cambio, sacó su teléfono sintiendo una opresión extraña en su pecho.
Su hermanito no le había escrito ni un solo texto.
Inmediatamente, intentó llamarlo otra vez.
Se pegó el aparato a la oreja: un tono, dos tonos, tres tonos.
Nada.
Su corazón se aceleró y volvió a marcar con insistencia.
—Vamos, Javier... responde —murmuró para sí misma.
En ese instante, Cristian apareció en la puerta del comedor.
Ella estaba tan concentrada en Javier que no lo había escuchado llegar.
El hombre rápidamente notó su entrecejo fruncido y sus ojos, que seguramente estaban más que rojos.
—¿Qué pasa? —dijo mientras se acercaba.
—Es Javier —soltó ella, dejando a un lado la comida. Se le había ido por completo el apetito.
Cristian se acercó a ella, girando su silla suavemente hacia él. Se inclinó quedando a la altura de sus ojos, mientras sostenía sus manos.
—Tranquila —dijo con un tono bajo y profundamente envolvente—. Voy a enviar a mi gente a averiguar dónde está. Seguro se le descargó el teléfono o se distrajo con sus amigos. No hay de qué preocuparse.
—Hazlo, por favor... —suplicó ella, mirándolo con los ojos empañados.
—Lo haré ahora mismo —prometió él, dándole un beso tierno en los nudillos antes de señalarle el plato casi intacto—. Pero necesito que comas algo. Tu cuerpo necesita energía.
—Es que Javier… —quiso quejarse, pero él la tranquilizó de nuevo.
—Tu hermano está bien, Estefanía —murmuró, inclinándose un poco más para rozar sus labios contra su frente—. Pero ahora mismo, mi hijo necesita que te alimentes.
Estefanía no pudo evitar parpadear, recordando a la pequeña criatura que crecía en su vientre.
—Tienes razón… —Volvió a tomar los cubiertos en el mismo instante en que Cristian se alejaba para hacer una llamada.
Estefanía, ajena a todo, no supo que la persona a la que había llamado Cristian le había respondido con una sola frase:
—Está bajo resguardo, señor. Sin novedades.
Esa tarde, cuando Javier regresaba al departamento, había sido interceptado por dos sujetos.

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