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El juguete del abogado romance Capítulo 146

Cinco días después, Javier estaba listo para irse del hospital.

Se levantó de la cama despacio, haciendo una mueca al erguirse.

Sentía un leve dolor en el costado y el hombro le pesaba, pero era una molestia soportable.

Se llevó la mano al vendaje, tomó aire y terminó de ponerse de pie, ansioso por dejar atrás esa habitación.

Sin embargo, antes de que pudiera recoger su camisa y ponérsela por encima, la puerta se abrió de golpe, revelando una figura femenina que no era precisamente su hermana.

Javier se quedó de pie, suspendido, mirando a la chica en la entrada.

Valeria también lo miró.

Sus ojos se abrieron con asombro al verlo con el torso desnudo, hecho un desastre. Un vendaje abultado le cubría por completo el hombro y, al costado de su cuerpo, una banda blanca apretaba, dejando entrever una ligera mancha amarillenta.

Antes de que alguno de los dos pudiera decir algo, cuatro chicos más aparecieron junto a ella.

—Vinimos a confirmar si era verdad —soltó el primero de ellos, cruzándose de brazos en el marco, con una actitud burlesca—. Decían por ahí que estabas al borde de la muerte, pero parece que te salvaste esta vez.

El resto lo apoyó entre risas, todos mostrando morbo y desprecio.

Incluso ella.

—Agradece, nos tomamos la molestia de organizar una colecta para tus flores —agregó otro, mofándose de su situación.

—Ya veo —dijo él despacio, sin despegarle la mirada a la única mujer en la habitación—. Gracias. Pero no lo necesitaré.

—Ahora resulta que eres orgulloso y no necesitas dinero —siguieron diciendo, tratándolo como el pobretón de siempre.

Javier se limitó a sonreír, tomar su camisa y pasarla primero por su brazo sano para luego acomodar la tela sobre los vendajes.

Se terminó de abotonar frente a ellos, arqueando una ceja al notar que los chistes habían cesado.

—¿Qué pasa? ¿Se les acabó la creatividad?

Fue entonces cuando Valeria tomó la palabra por primera vez, dando un paso al frente.

—En serio, si necesitas ayuda para cubrir la cuenta de la clínica o pagar los medicamentos de tu recuperación, dinos. A mi papá no le costaría nada echarte una mano o hablar con la administración.

Esa voz dulce y fingida, como si estuviera hablándole a un perro callejero, le dio más asco que las burlas de los otros.

—No lo necesito —repitió, haciendo especial énfasis.

Tres palabras que esta vez llevaban la suficiente firmeza para hacerles ver a todos que los quería fuera de esa habitación.

Valeria se dio cuenta, por supuesto. Notó su error. Aunque muy probablemente ni siquiera sabía cuál era. Al final no era más que una chiquilla rica y mimada, que creía que estaba haciendo caridad y, por ende, esta debía ser recibida con agrado.

—Espérenme afuera, por favor —les dijo a los cuatro muchachos que la acompañaban.

—¿Segura? —preguntó uno de ellos, mirándolo a él de arriba abajo con recelo.

—Claro, ¿qué me va a pasar? —soltó una risita, acomodándose el cabello detrás de la oreja—. ¿Acaso no ven cómo está? Ni siquiera puede moverse.

El comentario sacó una última ráfaga de chistes de mal gusto.

Los cuatro idiotas se dieron la vuelta y caminaron por el pasillo, dejando la puerta cerrada detrás de ellos.

Valeria esperó a que los pasos de sus amigos se alejaran para volver a fijar sus ojos en él.

Esta vez su expresión se había suavizado, como si mágicamente todo lo anterior se hubiera borrado y volviera al inicio: cuando cruzó esa puerta.

—Ya sabes cómo son —dijo en voz baja, dando un par de pasos lentos hacia él—. No te tomes a pecho lo que dicen.

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