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El juguete del abogado romance Capítulo 7

—¡Javier! —gritó Estefanía cuando la figura de su hermano menor apareció en la entrada del departamento.

No lo podía creer.

Pero verdaderamente era él.

Su hermanito.

Corrió para abrazarlo con todas sus fuerzas.

El cuerpo del adolescente era más alto que ella, así que tuvo que empinarse para rodearle el cuello, aferrándose a él como si su vida dependiera de ese abrazo, como si no lo hubiera visto hacía una semana, como si él fuera la única razón de su existencia.

Porque lo era.

Era lo único que le importaba.

Lo apretó con todas sus fuerzas, hundiendo el rostro en su hombro mientras un llanto silencioso la sacudía por completo.

—¡Estefanía! —exclamó Javier, correspondiendo de inmediato a su abrazo.

—Javier, eres tú. ¡De verdad eres tú! —se separó apenas unos centímetros para poder mirarlo.

Sus manos temblorosas subieron de prisa a la cara del chico. Le acarició las mejillas, limpiándole las lágrimas a él mientras que las suyas propias le nublaban la vista. Lo besó repetidamente en la frente, en el cachete, queriendo asegurarse de que esto no era un sueño.

—¿Cómo es que…?

Tenía demasiadas preguntas en la punta de la lengua. Comenzando por el hecho de que ella no había ido a firmar ningún documento, no se había presentado a un juzgado ni había reclamado la custodia oficialmente. Así que no entendía cómo esto estaba pasando.

Sus ojos se dirigieron entonces hacia el hombre que aguardaba a unos pasos de ellos.

Alto, intimidante, con esa aura que denotaba un control absoluto.

Él lo había hecho posible. Solo un hombre como él podría.

Pero…

Siempre había un pero.

—Javier, mi amor… —acarició de nuevo la mejilla de su hermanito, no queriendo separarse de él, pero no queriendo darle largas a este asunto—. Necesito hablar un momento a solas con el señor Cristian.

Al instante, el abogado arqueó una ceja, divertido.

Era la primera vez que lo llamaba por su nombre.

Ya se habían acostado.

Ya había visto su cuerpo desnudo.

Sin embargo, recién en ese momento se presentaban formalmente.

—Está bien —asintió Javier, aunque se notaba que quería preguntar algo, quizás la razón del moretón en su cara.

—Luego te explico —le sonrió ella, adivinándolo.

—Sonya —llamó Cristian, y la empleada apareció al instante—. Prepara una habitación para el chico. Que se instale de una vez.

«¿Instalarse?»

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