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El juguete del abogado romance Capítulo 8

Estefanía caminó de puntillas por el pasillo.

Miró la recámara donde dormía Javier.

Hacía una semana que ambos vivían en el departamento de Cristian.

El chico había empezado a asistir a la escuela.

Recibían clases en el orfanato, por supuesto, pero no se comparaba con la preparatoria a la que lo acababan de inscribir.

Sin embargo, el abogado había sido muy exigente al respecto:

—Más te vale tener buen rendimiento —le había advertido, con ese tono suyo cargado de autoridad—. Que te quede claro que no tolero a los incompetentes.

Javier no puso buena cara. Se quejó con ella a escondidas.

—¿Y quién se cree ese tipo?

—Shh, Javier… —lo interrumpió de inmediato, mirando de reojo hacia la puerta por temor a que Cristian los escuchara—. No hables así, por favor. Él es tu tutor legal ahora y tiene todo el poder. Si te va mal en la escuela o si causas problemas, puede enviarte de regreso al orfanato o separarnos para siempre. Te lo suplico, no lo provoques.

—No me agrada, Estefanía. Vámonos de aquí… —hizo el ademán de jalar su mano.

—No podemos… —bajó la mirada con derrota.

—¿Por qué no?

—Porque es tu tutor legal, ya te lo dije…

La cosa era más complicada que eso, pero no necesitaba atormentarlo con los problemas en los que se había metido.

Estefanía suspiró, regresando al presente.

El despacho seguía iluminado a pesar de ser casi medianoche.

Tragó saliva.

La herida en su cara ya había desaparecido por completo.

Así que era momento de empezar a pagar lo que debía.

Tocó la puerta con cuidado.

No hubo respuesta.

Pero sabía perfectamente que la estaban esperando.

La orden que él le había susurrado al oído esa tarde, luego de acorralarla por un segundo contra la pared, todavía le quemaba en la piel:

—Esta noche, en cuanto tu hermano se duerma, te quiero en mi despacho.

Se alisó la bata de satén. Era una prenda preciosa, de un suave color champaña que se deslizaba como agua sobre su piel.

Cristian se había encargado de renovar su armario por completo, llenándolo de ropa costosa, pero lo que realmente la perturbaba era la lencería.

Se sonrojó de solo recordar aquellas prendas diminutas y sensuales que, casualmente, resultaron ser perfectamente de su talla.

Era obvio que él quería que le desfilara todas y cada una.

Giró la perilla de la puerta.

Sus ojos se dirigieron inmediatamente al escritorio vacío.

No estaba.

O eso fue lo que pensó, antes de que una mano firme tirara de su brazo con fuerza.

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