Una vez instalados en la mesa junto al ventanal, Cristian tomó la carta y se la tendió.
Ella la repasó apenas unos segundos antes de cerrarla y dejarla a un lado.
—Un tartar de atún con aguacate y un agua con gas, por favor —le indicó al camarero.
Cristian la observó desde el otro lado de la mesa con desaprobación.
—Necesitas comer más —sentenció con firmeza.
Le sostuvo la mirada, alzando la barbilla con clara rebeldía.
—Así está bien.
Los ojos de aquel hombre se entrecerraron como si estuviera considerando la idea de sentarla en su regazo y alimentarla él mismo, bocado a bocado, hasta obligarla a obedecer.
Estefanía se animó a sí misma diciéndose que Cristian no haría algo así en público.
Después de todo, no era un tipo común; era el CEO y socio director del bufete Sterling, uno de los abogados más poderosos e influyentes del país. Un escándalo o una escena infantil en un lugar así jamás encajarían con su estricto código de conducta.
Adrede, Estefanía comió menos de lo que quería, solo para empujar la escasa paciencia de Cristian directo al límite.
—Estoy llena —hizo a un lado su plato, que aún conservaba gran parte de su tartar de atún.
La mirada del hombre se intensificó. De pronto, su gran mano cruzó la mesa a la velocidad de la luz.
Su muñeca terminó siendo apresada con firmeza, mientras él tiraba de ella hacia adelante, obligándola a inclinarse sobre el mantel hasta que sus rostros quedaron muy cerca. Desde fuera, el ángulo parecía el de dos amantes a punto de darse un beso.
—¿Qué crees que haces? —murmuró él con una voz peligrosamente baja, rozando apenas la esquina de su boca.
Estefanía, lejos de intimidarse, sonrió sobre sus labios, jugueteando un poco:
—Nada, cariño.
La cordura de Cristian parecía pender de un hilo y vaya que le gustaba verlo así.
Maldito hombre desquiciante.
Lo peor de todo es que era demasiado inteligente y se dio cuenta rápido de lo que hacía.
La soltó, echándose hacia atrás como un rey en su trono, mientras decía:
—Ya que mi esposa quiere portarse mal, puede que más tarde le prepare un castigo.
Estefanía sabía bien en qué consistían esos castigos. Vendas, esposas y largas horas en las que él tomaba el control absoluto de su cuerpo, llevándola al borde del colapso.


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