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El juguete del abogado romance Capítulo 74

Estefanía se quedó dormida después del sexo.

No hubo tiempo de discutir.

Tampoco era como si tuviera sentido desgastarse en algo que ya había decidido.

A la mañana siguiente, fue Sonya quien la despertó.

—Señora, se hace tarde para sus clases —le dijo la mujer moviendo suavemente su hombro.

Estefanía se enderezó bruscamente en la cama.

—¿Qué hora es?

—Son casi las ocho, señora —respondió Sonya, mientras abría un poco las cortinas para que entrara la luz—. El señor salió muy temprano, pero me pidió que le avisara que pasara a buscarla al mediodía.

«¿A buscarla?»

Una expresión de desconcierto se dibujó claramente en su cara.

—¿Dijo para qué?

Con la apretada agenda de Cristian, esto era más que extraño.

La empleada sacudió la cabeza en una respuesta que era más que obvia. ¿Cuándo Cristian daba alguna explicación sobre sus acciones?

—Está bien, Sonya. Gracias por avisarme.

Cuando Estefanía se quedó sola, se destapó y se puso de pie, dispuesta a no llegar tarde. Avanzó hacia el baño y se detuvo frente al espejo del tocador.

Al mirarse, notó en el cuello un par de marcas violáceas. En la parte interna de los muslos y en la curva de sus senos, la presión de aquellos dedos había dejado sombras moradas, como si sus manos hubieran quedado grabadas en ella a fuego.

Este tipo de huellas no eran nuevas; eran el recordatorio constante de que, entre ellos, la intimidad nunca había sido tierna, sino un terreno donde Cristian reclamaba su dominio.

Estefanía decidió no quejarse. Lo disfruto. Llevarlo a la locura se había sentido bien.

Pasaron las horas y, sumergida en las explicaciones del profesor y los apuntes sobre el pizarrón, casi logró olvidar lo dicho por Sonya. Sin embargo, justo a las doce en punto, la pantalla de su teléfono sobre la mesa se iluminó con un mensaje.

«Sal. Estoy afuera para el almuerzo.»

No pudo evitar bufar internamente. En el pasado era ella quien siempre se escapaba para poder hacerle compañía en su oficina y comer juntos; ahora, en cambio, ¿el gran Cristian Sterling había sacado tiempo fuera de su reino? De seguro estaba enfermo.

Con su lengua afilada de sarcasmo, guardó sus cosas y se puso de pie sin ninguna prisa.

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